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Reptiles

15 enero 2012

Por si alguien tenía alguna duda sobre el grado de desvergüenza que ha invadido durante los últimos años a la práctica totalidad de las administraciones públicas, muy especialmente en esas comunidades autónomas que, lejos de articular la vertebración de un país rico en diferencias territoriales artificiosas, se han convertido en la quintaesencia de los enjuagues políticos a costa del dinero del contribuyente, que se detenga en alguno de los artículos que aparecen este domingo en la prensa analizando el escándalo protagonizado por Javier Guerrero, el exdirector de Trabajo de la Junta de Andalucía que dispuso a su voluntad de un “fondo de reptiles” (bautizado así por él mismo ante la juez) de 647 millones de euros; que se detenga en “El director despacha en el bar“. 

Nueve años estuvo Javier Guerrero, ahora principal imputado en el caso de los ERE falsos, manejando el dinero público para tan alta función. Este párrafo lo explica:

De carácter afable, buen contador de chistes, era también excesivo. Impuntual y caótico, pero a la vez trabajador. Guerrero bajaba a la arena y se trasladaba a cualquier lugar donde hubiera empresas en crisis para hablar con directivos y trabajadores. De su firma dependían las reconversiones industriales en Andalucía, cuyas duras huelgas habían minado la paz social durante la década anterior. El Gobierno había decidido que los disturbios y protestas callejeras no debían repetirse, y Guerrero fue el brazo ejecutor para lograr los tortuosos acuerdos entre empresas y sindicatos. El problema fue que con tantos millones en juego, el sistema ideado se pervirtió y aseguradoras, consultoras, sindicalistas, compañeros socialistas, bufetes e intermediarios aprovecharon para sacar tajada. Y solo se toparon con un castillo de arena: la moral laxa de Guerrero.

Hacía tan bien su trabajo, que Guerrero estuvo nueve años como responsable de Trabajo en Andalucía. Parece que el PSOE no podía prescindir de sus servicios. El carrerón de este prohombre es de aúpa: comenzó dirigiendo una oficina de desempleo, fue alcalde de su pueblo durante cuatro años, donde es conocido como “el ministro”, y de ahí pasó a ocupar uno de esos puestos tan ansiados en España, que Umbral definió con acierto como “un país de subsecretarios y directores generales”.

Ahora la Junta de Andalucía dice que le produce rechazo y que son ellos los más interesados en que la justicia aclare el grado de responsabilidad de Guerrero y que, si procede, sea castigado. Cuando se supo que el exchófer de esta eminencia había denunciado ante la juez que se habían ventilado 900.000 euros en “cocaína, fiestas y copas”, fue tal el grado de indignación de la Junta, que no tardó en reaccionar, aunque los términos utilizados fueron cuanto menos poco afortunados: no quería quitar “ni un gramo de gravedad” al asunto de la cocaína”. ¿No había otra metáfora?

Todo esto ha pasado delante de nuestras narices. Y todavía hay gerifaltes y altos cargos del PSOE (lo mismo se puede decir del PP, por ejemplo en Valencia) que encuentran excusas para tamaño desmán. “La situación no era irregular, pero sí escasita de procedimento”, leo en el artículo citado, “¡no podíamos tener un ejército de inspectores revisándolo todo!”.

A falta de inspecciones y de supervisiones del dinero público, ¿cuántos Javier Guerrero habrán aflorado en la geografía española?

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