Las lecturas de Alfonso Guerra

21 May

En una ocasión, el responsable de comunicación del PP, Esteban González-Pons, quiso retratar a José Blanco, quien acababa de ser nombrado vicesecretario general del PSOE, un cargo no usado por los socialistas desde que lo ocupara Alfonso Guerra, con la siguiente frase no exenta de maldad: “Pepiño Blanco se quiere parecer a Guerra, pero le faltan lecturas”. Ayer por la tarde estuve en una conferencia de Alfonso Guerra en la Biblioteca Nacional en la que, quizás sin querer, creo que retrató el gran abismo entre el bagaje cultural de aquella generación de políticos con la actual. Más allá de su conocido dominio de la oratoria, Guerra demostró en un discurso apoyado en algunos apuntes en papel su extenso conocimiento sobre obras como El Quijote, En busca del tiempo perdido o La Regenta. Luego vino un coloquio en el que, con ironía, defendió la “figura central” de Maquiavelo en el pensamiento político, para terminar explicando por qué en sus memorias (sólo he leído la primera parte, pero debo decir que a mi humilde parecer se trata de las mejor escritas por un político español vivo) concede a la lealtad tanta importancia (a nadie se le escapa el mal que el poder también causó en la lealtad de aquel grupo de jóvenes políticos, muchos de ellos andaluces, que se hicieron con la Presidencia del Gobierno en 1982).

El diputado recordó los últimos días del ex presidente de la República Manuel Azaña. Se hallaba éste exiliado en Francia tras finalizar la Guerra Civil cuando, hostigado por la Gestapo nazi, sólo la mediación diplomática de países como México impidió que terminara su vida en la cárcel. Azaña, gravemente enfermo, fue trasladado a Montauban en ambulancia, acompañado en todo momento por su médico de cabecera, el doctor Pallete. Guerra homenajeó la lealtad de aquella generación de españoles recordando la carta póstuma que Pallete envió al embajador de México. Es la siguiente:

“Pocas líneas para decir adiós. Le había jurado a don Manuel inyectarlo de muerte cuando lo viera en peligro de caer en las garras franquistas. Ahora que lo siento de cerca me falta valor para hacerlo. No queriendo violar este compromiso, me la aplico yo mismo para adelantarme a su viaje. Dispense este nuevo conflicto que le ocasione su agradecido, Pallete”.

Azaña falleció el mismo año de 1940 en el que se escribió la carta. En Montauban, al lado de la tumba del que fuera jefe del Estado español, todavía se encuentra la del doctor Pallete, acompañado de una única palabra en francés: suicide. “La condición humana es pequeña, pero capaz de grandes hazañas”, concedió finalmente Guerra. El aplauso de la sala fue unánime.

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