Cuando el presidente lo hace

7 Sep

Este fin de semana vi la película que motiva el título de este post: “Cuando el presidente lo hace, significa que no es ilegal”. Lo dijo el presidente Richard Nixon varios años después de abandonar la Casa Blanca (el único presidente estadounidense que ha dimitido), en agosto de 1974, envuelto en un escándalo que ha quedado archivado en los anales de la historia como el caso Watergate.

El desafío. Frost contra Nixon narra cómo se fraguó una entrevista televisiva en la que un periodista-showman llamado David Frost consiguió arrancarle al malhablado, cascarrabias (… dejemos ahí los calificativos) Richard Nixon aquella confesión: sí, había defraudado a todos, a sus amigos, al país. Digamos que ese es el clímax de la película, sostenida por un soberbio Frank Langella en el papel del presidente.

Siempre presidente, sin el ex. Langella da credibilidad a las palabras del político republicano que sirven de epitafio de una de las etapas más controvertidas de la historia política de EEUU. Se desvela la ambición, el deseo de resarcirse y volver “a la acción de Washington”, las ansias por recuperar “el poder y la gloria”, sabedor de que “nunca será suficiente” y de que hay que hacer lo que sea porque “la luz del foco sólo puede iluminar a uno”. La política.

Hay un momento en El desafío. Frost contra Nixon que reproduce un diálogo entre los protagonistas de la historia que no esconde ninguna frase redonda, pero que sí desvela el talento especial que desarrolla un político de primera fila (Carlos Boyero habló sobre esto a propósito del estreno de esta película y de una de las intervenciones de Zapatero en Tengo una pregunta para usted). Es el arte para embaucar al público, esa capacidad del político para desplegar todo el encanto que desprende la fascinación por el poder, y que le lleva a situarse por encima del resto de los mortales. Haga lo que haga, diga lo que diga.

El regidor avisa de que faltan diez segundos para comenzar a grabar, y Nixon (Langella) se dirige a Frost (interpetrado por Martin Sheen) en voz baja:

— Esos zapatos… ¿son italianos?

— Sí – responde Frost sin saber muy bien a qué viene aquello-.

— Ya… ¿no le parecen afeminados?

— No…

— Claro; alguien de su profesión puede llevarlos sin problemas – concluye Nixon justo en el momento en el que se enciende el piloto de grabación-.

Nixon pasó, pero vinieron otros. Cuando veía la película recordaba una entrevista publicada en El País Semanal este pasado mes de agosto a Manuel Pimentel, ex ministro de Trabajo en el primer Gobierno de Aznar. Después de volver a leer la entrevista, caí en la cuenta de la diferencia entre saber retirarte a tiempo (Pimentel) y verte obligado a marcharte (Nixon). Aquí se ve la valentía, la valía, la generosidad de un político que quiere salvar algo de la dignidad del servicio público. Claro que estamos acostumbrados a lo peor: seguir y seguir en el cargo sin reconocer que te has equivocado, que has mentido, que has robado; creyendo que todo lo que hace un político puede eludir la legalidad.

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