No he querido saber, pero he sabido

30 Nov

Si no fuese algo tan arriesgado de decir, diría que he leído la mejor novela que nunca hasta ahora había leído, y no sé si leeré alguna vez.

Entre los rituales que uno va incorporando a su vida, yo siempre he cumplido con el de escribir de mi puño y letra en las primeras hojas de cualquier libro que comprara mi nombre y apellidos (como si quisiera dejar constancia de su dueño, por si algún día se extraviara) y el lugar y la fecha en la que adquirí el ejemplar; a veces, incluso, alguna anotación accesoria, por ejemplo si estaba de paso en aquella ciudad, si me llamó la atención la librería, si fue un regalo.

Corazón tan blanco, la novela que Javier Marías publicó en 1992, yo la compré en Sevilla el 13 de febrero de 2003. No recuerdo exactamente dónde, pero sí que estaba estudiando en la Facultad de Comunicación. Recuerdo también que, por aquellas fechas, comencé a leer Corazón tan blanco. Puedo decir con precisión que abandoné la novela en la página 26, ya que dejé una marca que seguía ahí, en esa página, cuando hace dos sábados (el 21 de noviembre) el aburrimiento hizo que apagara la televisión y el ordenador, dejara a un lado el periódico y me fuera a la estantería donde están los libros. Cogí Corazón tan blanco.

Puede que no quisiera leerlo, pero el hecho es que quedé atrapado desde la primera línea: “No he querido saber, pero he sabido…”

Javier Marías, en el despacho de su casa/ Foto de El País

Hay lecturas, y películas y músicas, que uno no está preparado para leer, o ver o escuchar. A mí me pasó aquel mes de febrero de 2003, y lo sé ahora viendo la forma con la que Corazón tan blanco me ha arrebatado mi tiempo durante una semana (de sábado a sábado) en la que leí las 404 páginas de esta novela en edición de bolsillo que, como dice en su tapa, trata “sobre el secreto y su posible conveniencia, sobre el matrimonio, el asesinato, la instigación, sobre la sospecha, sobre el hablar y el callar, y sobre los corazones tan blancos que poco a poco se van tiñendo y acaban siendo lo que nunca quisieron ser”.

Hablaba antes de los rituales que uno va incorporando a su vida y de cómo se nos va arrebatando el tiempo. Durante una semana, Corazón tan blanco interrumpió mi rutina: la hora de levantarse, comprar el periódico, preparar café, quizás una tostada, leer las noticias, crónicas, reportajes de lo que ha pasado, conectarme a internet, a las redes sociales, salir un rato a hacer deporte o a por las compras habituales, preparar algo de comer, otro café, algo de televisión, prepararme para irme al trabajo, quizás alguna salida para cubrir algún acto, y volver a casa, leer los artículos de opinión, algunas páginas del libro que tengo junto a la cama. Durante una semana, mi tiempo libre estuvo dedicado íntegramente a Corazón tan blanco.

Juan, ese traductor-intérprete que es el narrador de esta magnética novela, y su reciente mujer Luisa, y el padre del primero y suegro de la segunda, Ranz, y Custardoy el joven, todos ellos protagonistas de un libro saludado por la crítica como uno de los grandes hallazgos de aquellos primeros años de la década de los noventa, y que a mí me ha seguido pareciendo tan actual: la reflexión sobre el matrimonio (“los dos contrayentes están exigiéndose una mutua abolición o aniquilamiento, la abolición de aquel que uno era y del que cada uno se enamoró o quizá vio las ventajas”), los pasajes de humor bien afilado, como el que recrea la conversación, uno en español y el otro en inglés, de dos altos cargos, las idas y venidas a La Habana, Nueva York, Bruselas, Ginebra, y la revelación de aquellos secretos que nos han sido ajenos y que, al ser contados, se nos son conferidos.

Yo ya tenía entre mis articulistas preferidos a Javier Marías, responsable de “La zona fantasma” en El País Semanal. Ahora entiendo mejor, aunque algunos puntos de vista no los comparta, lo que cuenta este escritor madrileño sobre la ciudad en la que vive, sobre la ignorancia, sobre las prohibiciones y las modas pasajeras. He leído también algunas reseñas en internet sobre su obra, y creo que entiendo mejor lo que cuenta y cómo lo cuenta.

Ya se sabe que tan responsable es el escritor de lo que escribe, como el lector de lo que lee. Siempre fue así: el espectador completa la obra, la cierra. Marías hace que el narrador de Corazón tan blanco diga: “Quizá sea esto lo que nos lleva a leer novelas y crónicas, y a ver películas, la búsqueda de la analogía, del símbolo, la búsqueda del reconocimiento, no del conocimiento”.

A mí me ha pasado que he vivido, durante una semana, en este libro. Quiero pensar que me he visto reconocido en él. En parte por no agotar esa satisfacción, ya he comenzado Tu rostro mañana, la última novela (compuesta de tres partes) publicada por Marías y recientemente reeditada en un único libro. Y, sí, me estoy reencontrando con ese ambiente recreado magistralmente en Corazón tan blanco, quizás algo lógico. ¿O acaso no dicen que siempre se escribe el mismo libro, se rueda la misma película y se interpreta la misma música? Y, además, ¿en el fondo no vivimos siempre el mismo día?

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Una respuesta to “No he querido saber, pero he sabido”

  1. David G. 30 noviembre 2009 a 19:58 #

    Muy de acuerdo en que es un gran libro si señor…pero ese 2666 de Bolaño…

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