Agenda

10 Dic

[Artículo publicado en La Radio de papel, diciembre]

Un buen amigo, que fue mi jefe durante un par de años, comentó en una ocasión que una de las mejores fórmulas para evaluar el trabajo que alguien realiza en una oficina es rebuscar en su papelera: allí encontrarías pistas sobre sus anotaciones, borradores, lecturas. En realidad, este amigo hablaba de lo que hacía otro jefe en otro lugar (no recuerdo dónde), y lo que quería era criticar la cantidad ingente de papel que se desperdiciaba en nuestro quehacer diario. Bromeaba sobre lo primero, pero aquello sirvió para argumentar una charla de trabajo sobre la productividad o, lo que es lo mismo, sobre la eficacia de lo que hacíamos.

Bien se sabe que esto no es un tema menor: la productividad, o mejor dicho la ausencia de ésta, es el talón de Aquiles de la sociedad española. Me refiero en términos de rentabilidad laboral, ya que me considero un firme defensor del hedonismo, del placer falsamente improductivo que provoca el perder el tiempo en una buena conversación, o  disfrutar de la puesta del sol en la playa, o leer el periódico a diario. Otra cosa es lo que se refiere a la agenda de una empresa, no digamos ya si esa empresa es pública o si, directamente, es la agenda de un político.

Estoy suscrito a varios canales de información continua de varios de estos organismos públicos, incluyendo el Ayuntamiento de Lora del Río (también a otros puesto que, por ejemplo, cubrí durante unos meses la información local de los pueblos madrileños del Corredor del Henares; además, en esto Twitter facilita bastante el seguimiento). Me refiero a la comunicación oficial, suministrada por un gabinete de prensa creado para este fin. Querría que quedara claro que no pretendo criticar este servicio (¡antes al contrario!) sino el uso que se hace del mismo, puesto que mucho me temo que el goteo de estos comunicados son una radiografía preocupadamente aproximada de en qué se destina el tiempo de nuestros políticos y, lo que es peor, de en qué se destina el dinero público. Sé muy bien que eso que puede ser descalificado por su inanidad es en realidad provechoso para el ciudadano: pon aquí una iluminación mejorada para esta calle, pon allá una recepción en el ayuntamiento de un delegado provincial; pon aquí una visita de nuestros vecinos al casco histórico de otro pueblo, pon allá el cambio de horario de apertura de la biblioteca municipal; y así.

De lo que hablo es de otra cosa: hablo de la generalizada ausencia en el municipalismo de una agenda política que no merezca ser escrita en minúsculas, de un proyecto de envergadura impulsado por la alcaldía y que marque la acción de los concejales y sus respectivos subordinados, consiguiendo articular un discurso que vaya más allá de esa (digámoslo así) necesaria rutina. Supongo que bastaría con cumplir los programas electorales: que éstos dejaran de ser literatura para convertirse en hechos. El colmo de los males sería que esta política en mayúsculas existiera y que no fuera capaz de explicarse.

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