Final determinante

3 Feb

[Publicado en La RADIO de papel, febrero]

Existe una corriente de opinión que pide de casi cualquier expresión artística, desde luego en la ficción, que evada al espectador de la realidad. “Bastante tenemos ya con la realidad”, dicen éstos cuando muere el protagonista del libro o de la película al final de la historia. A mí esto me parece peligroso por dos razones: 1) porque parece obligarse al creador de la obra a idear un final feliz para tener el beneplácito del público; 2) porque la ficción, al menos la que a mí me interesa, necesita ser creíble, y para ser creíble necesita recrear (cuando no directamente ayudar a interpretar) el porqué de la cruda realidad.

Sigo con la lectura de Tu rostro mañana (cuando escribo estas líneas acabo de empezar la tercera y última parte), de Javier Marías, donde encuentro una reflexión en torno a “esa tendencia a encerrar a los niños en una burbuja de felicidad atontecedora y sosiego falso, a no ponerlos en contacto ni siquiera con lo inquietante”. De ahí que se extienda, según lamenta uno de los personajes de esta novela magistral, que los niños lean versiones censuradas o edulcoradas de los cuentos clásicos de Grimm, de Perrault o Andersen. “Padres ñoños. Educadores irresponsables. Yo eso lo consideraría un delito, por desamparo y por omisión de ayuda”, censura el personaje de Marías, crítico aparentemente con la educación en valores que batalla, por ejemplo, contra la tradicional idea (defendida en buena parte de la literatura infantil) de que la mujer sólo se salve cuando el hombre la rescata.

Cierras los libros y, ya sin filtros, te das de bruces con la realidad. Haití. El futuro, los niños, deambulando por un país devastado por su pasado, y por terremotos como el del pasado 12 de enero. Recuerdas las recientes palabras de Ana María Matute, una escritora con 83 años de vida, entregados en buena parte a una literatura que destaca por sus cuentos, y quien dice: “Los niños de mi obra son crueles porque la vida lo es”.

La mayoría de las vidas nacen ya olvidadas, sin posibilidad de ser edulcoradas. Con un final tan determinante que imposibilita la vida misma. No digamos ya el debate, que yo veo positivo, de una educación en valores.

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