Guarda la lengua, escóndela

12 Mar

Es tan complicado decir mucho con poco, resulta tan gravosa la sencillez, la concreción. En contadas ocasiones se reconoce esta virtud, rescatada ahora con la muerte de Miguel Delibes. No sé, ahora pienso en aquella lectura temprana, por disposición de los padres, de las andanzas del Daniel el Mochuelo de El camino. Aquello era entendible. Así que queda la inmensa obra de un escritor y académico de la Lengua que, en sus comienzos, ejerció como maestro de periodistas. Leo las condolencias y se destaca la talla humana de alguien prudente, fiel a su Valladolid natal, naturalista. Escribía entre largos silencios (por ejemplo, después de que falleciera su mujer), premeditadamente apartado del bullicio pomposo de Madrid.

Miguel Delibes, en el despacho de su casa

Qué diferente a lo que se acostumbra hoy,  cuando la máxima distinción es salir por televisión para dar a conocer las correrías de personajes que, por insistencia en el uso de la palabra, se hacen famosos.  Es como si hoy nadie pudiera estarse callado: nos falta tiempo para reclamar ser oídos y, si no puede ser en la altruista televisión, ser leídos (ay) en nuestros blogs.

En esto se están haciendo expertos los políticos que, no contentos con sus respectivos blogs y ruedas de prensa tras los consejos de ministros o los comités de partido semanales, ahora tratan de elevar el cupo de apariciones mediáticas repitiendo cansinamente la misma declaración allá donde son invitados para ser oídos. Fíjense por ejemplo en el ministro José Blanco, miembro al alza del Gobierno, que a diario ofrece el mismo mensaje una y otra vez en torno a la comisión anticrisis de los partidos reunidos en el Palacio de Zurbano.

Como son gratis, gastamos palabras las más de las veces de forma innecesaria. El error es olvidar que éstas no son inocuas, que decir requiere un mínimo de sosiego, de pausa para pensar y, de esta forma, evitar malentendidos, tergiversaciones, equívocos. Pasó cuando la diputada Rosa Díez se enredó con el término gallego para atizarle al presidente Zapatero.

Nada indica que la diputada Rosa Díez desconsidere a la totalidad de los gallegos, pero sí demuestra una falta de inteligencia política impropia de alguien que es tan popular en las encuestas. Primero porque usa gratuitamente ese gallego “en el sentido más peyorativo del término” (por mucho que luego se le haya defendido, como demuestra este debate radiofónico entre Julia Otero y Arcadi Espada) olvidando que el recurso del tópico, lejos de ser ingenioso, activa de inmediato el agravio del estereotipo, y el ciudadano reclama del político rigor. La pregunta para Díez era “una idea que defina” a Zapatero, y ella no quiso desaprovechar la oportunidad para decir.

Lástima. Por un momento, pongamos que Rosa Díez hubiera contestado al entrevistador: “Mire usted, no me siento capacitada de resumir en una idea a un personaje como Zapatero”. Es más, ante el absurdo de pedir al entrevistado algo así como que resuma o titule lo que piensa, también podría rescatarse aquello que dijera un escritor de la generación de Delibes (no recuerdo ahora si fue Cela) a un periodista: “Ni hablar, precisamente ése es su trabajo”. Siendo uno representante público no debería ir por ahí dando pábulo a esos cotilleos que hablan del andaluz perezoso, el catalán avaro… ¿O es que todos los vascos (como la señora Díez) van con metralleta y están locos por ser de la ETA?

En el fondo, está esa afición por gastar las palabras.  Palabras que siempre son pronunciadas para ser escuchadas. Así que no extraña que en España desayunemos cada cierto tiempo con las declaraciones controvertidas del Gobierno de Hugo Chávez, máximo exponente de la incontinencia verbal (por mucho que los manuales de Relaciones Internacionales inviten a la discreción). Se puede entender porque es un dirigente político. Lo que se escapa de toda lógica es el enorme eco que se dan a las palabras desafortunadas de cantantes (Miguel Bosé) o actores (Willy Toledo) que, a fin de cuentas, no representan a nadie más allá de a sí mismos. Parece que se ha olvidado que la mejor desaprobación es el silencio.

Obedeciendo las enseñanzas del narrador de la novela de Javier Marías Tu rostro mañana, “guarda la lengua, escóndela”.

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