Una tarde en la Academia de la Lengua

23 Abr

Uno de los grandes placeres de mi oficio es ser testigo directo de aquellos ritos que, normalmente, están vetados para la gran mayoría de los ciudadanos. Disfruto cuando puedo deambular por los pasillos del Congreso o del Senado. Aquí, por ejemplo, estuve en una ocasión un buen rato desorientado cuando asistía a una comisión de ya no recuerdo qué; tan aparentemente nimio era el asunto que la Cámara Alta parecía que había abierto sólo para mí.

Ayer por la tarde me tocó asistir a la Academia de la Lengua Española, donde se sometió a votación la vacante de Carlos Castilla del Pino, académico que ocupó hasta su fallecimiento el sillón Q.

Fachada del edificio de la Academia de la Lengua, en la calle Felipe IV de Madrid

La espera para los periodistas fue más llevadera de lo que suele resultar este tipo de votaciones secretas que, insisto, a mí me atrae aunque a veces pueda parecer anacrónico en algún punto. El mérito de esto fue del responsable de Comunicación de la Academia, quien nos resolvió aquellas dudas que planteamos y, acto seguido, nos regaló una serie de anécdotas en torno a la institución, incluyendo también a sus académicos y sus aspirantes. A mí me conmocionó el caso de Antonio Machado, a quien “los sucesos históricos impidieron siquiera pronunciar su discurso de ingreso”. Finalmente, nos obsequió con  el Anuario de 2010 de la Real Academia de la Lengua, donde aparece una breve historia de la misma.

En torno a las siete de la tarde, el secretario de la Academia y ocupante del sillón D, Darío Villanueva, anunció a la prensa la elección del filólogo Pedro Álvarez de Miranda. Tras hacer un sucinto repaso por sus méritos profesionales, el secretario destacó su trabajo como lexicólogo y lexicógrafo, tras lo que se detuvo en sus amplios conocimientos en lo referente a los diccionarios de la lengua. Entonces citó, despertando nuestra curiosidad, sus trabajos sobre las “palabras fantasmas”, en referencia a aquellos términos que han sido aceptados por la Academia a pesar de tener un origen errático (por una errata en alguna edición o por un fallo humano imputable a la institución).

Las “palabras fantasmas” me alertaron de que también hay quien usa “palabras trampas”. De las primeras no había tenido hasta ayer noticias; de las segundas, algunos acontecimientos recientes me han recordado que tienen una gran acogida en determinadas camarillas. Aunque, para ser justos, la trampa está en quien maquina con según qué uso de las palabras.

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2 comentarios to “Una tarde en la Academia de la Lengua”

  1. como ganar a la ruleta 14 mayo 2010 a 22:25 #

    Me siento un poco tonto por no haber pensado en ello antes yo mismo, sin embargo.

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  1. Mito vivo « vasos comunicantes - 26 abril 2010

    […] 26 Abril 2010 by Luis M. Carrasco Navarro Hablaba ayer de ritos que nos están vetados, de su secretismo, de su misterio. Se entiende que se quiera mirar […]

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