Acuse de recibo

10 Ago

[Publicado en La RADIO de papel, agosto]

Ni recuerdo ni, en estos momentos, tengo forma de consultar quién respondió tan sabiamente a uno de esos planteamientos existenciales que, de inabarcables, resultan de difícil contestación. La pregunta fue una trampa en sí: ¿Qué opinas de los franceses? La airosa respuesta fue aproximadamente la siguiente: “Ni idea, no los conozco a todos”. La prudencia es un rasgo de la inteligencia, aunque es una mala compañera de la opinión, a tenor de que es frecuente generalizar sobre cualquier cosa, especialmente sobre el carácter del francés, del inglés… o del español, tan de moda ahora si recordamos los sesudos análisis sobre el destino español antes y después de que se conquistara la más alta cima del balompié mundial gracias al buen hacer de Iker Casillas y compañía.

Dicho queda: sospecho siempre de esas valoraciones genéricas sobre los franceses, los ingleses o los españoles casi tanto como de los sondeos y encuestas varias. Prefiero ceder ante la prudencia, concretamente cuando me toca aportar mi opinión sobre la situación de Lora. Vivo alejado del día a día de mi pueblo, y las vacaciones han sido una oportunidad para que aflorara con familiares, amigos y conocidos un tema de conversación que giraba en torno a la siguiente idea: ¡Hay que ver cómo está Lora! Algo así como una adaptación en lo local del debate del estado de la nación. No hace falta decir que las conversaciones se centraban rápidamente en los problemas y las carencias del pueblo, que sí, son evidentes, pero que desconozco hasta qué punto no son extrapolables a los problemas y las carencias que pueden sufrir Torrejón de Ardoz o Sant Cugat del Vallés. Sin que ese mal de muchos conlleve, recurriendo al refranero, ningún consuelo.

Hasta tal punto es extrapolable la situación de municipios tan dispares con la que vive Lora que, según he comprobado, tan sólo hace falta cruzar un par de saludos para que aparezca esa característica intrínseca a los tiempos de zozobra: la de culpar de todos los males a los gobernantes loreños. Es fácil constatar un desapego generalizado hacia los representantes públicos, a quienes se reprocha su afán por ir con el pie cambiado en reivindicaciones sociales como las del hospital comarcal o el paso a nivel en Hytasa; por las escasas ofertas de diversión nocturna, especialmente en los chiringuitos de la Alameda del Río; o por la eterna inconcreción de anuncios tales como cines, ciudades deportivas o piscinas cubiertas. Un desapego que no era silenciado ni por el ruido de maquinaria pesada que este mes de julio aceleraba la puesta a punto de la vía de circunvalación del municipio. Es al equipo que encabeza el alcalde, a quién si no, a quien se culpa de esa conclusión final sobre el estado del pueblo, y que resulta concisa a la vez que escatológica: “Lora es una mierda”. Una conclusión tan oída estos días… ¿y siempre?

Dejo acuse de recibo.

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