Melilla y la vida en suspenso

18 Ago

“¿Será verdad que tenemos la patria deshecha, la vida en suspenso, todo en el aire?” Pedro Salinas se cuestionaba su presente de esta forma meses antes de que se iniciara la guerra española de 1936. La frase la rescata Antonio Muñoz Molina en su novela La noche de los tiempos.

Releo la entrevista (tanto la escrita como la grabada en vídeo) que hiciera Jesús Ruiz Mantilla, excelente periodista, a Antonio Muñoz Molina cuando se publicó la novela. Como ya traté en su momento, el escritor jienense narra las peripecias de un arquitecto español, Ignacio Abel, que tiene que hacer frente a una “encrucijada fundamental” en los albores de la contienda fratricida.

Ahora, mientras leo la novela, me interesa otra cosa. Me interesa rescatar el punto de partida de Muñoz Molina, aquello que, según sus palabras, motivó La noche de los tiempos.  El escritor confiesa que le “obsesionaba” saber cómo eran las cosas cotidianas, partiendo de la base de que los españoles, en 1936, “no sabían qué estaba pasando”. En un momento de la entrevista, explica Muñoz Molina de forma esclarecedora: “Yo quería contar cuál es la percepción de las cosas cuando no son historia todavía. Lo que quiere Ignacio Abel, el 18 de julio, es encontrar a su amante. Su desgarro no es la guerra. Nadie sabe qué nombre tiene lo que está pasando. Esa palabra tarda en salir en los periódicos. ¿Qué sabía nadie entonces?”

A eso me refiero: cuál es la percepción de las cosas cuando no son historia todavía.

De ahí el empeño de Muñoz Molina en bucear en lo que se hacía, se decía y se escribía en aquellas fechas. Y quién hacía, decía y escribía. La noche de los tiempos contradice la biografía socialmente admitida de “sacrosantos” del bando republicano como Bergamín y Alberti. “No he contado nada que no proceda de testimonios directos”, explica Muñoz Molina. “Las cosas que dice Bergamín están sacadas de cosas firmadas por él. ¡Qué le vamos a hacer! Se dijeron barbaridades atroces y las consecuencias fueron terribles. Las palabras, en vez de construir, servían para destruir. Hay un enloquecimiento ideológico, un delirio en los dos bandos”.

Tomando la mayoría de las palabras que, todavía hoy, llenan los medios de comunicación, es inevitable no cuestionarse sobre los enloquecimientos ideológicos y delirios que tienen a bien regalarnos nuestros políticos. No es suficiente con los problemas y retos que tenemos por delante. Aquí nadie pierde  ocasión para salir a encarecer el precio de los problemas, pese a quien pese.

Es sólo un ejemplo. Tenemos al portavoz del principal partido de la oposición en Melilla, gestionando una crisis desatada por ciudadanos del vecino Marruecos. Dice solidarizarse con los policías españoles, sobre todo las agentes, y para ello recurre a palabras gruesas, trascendentales: “Gobierno ausente”, “situación de máxima tensión en la frontera”, “verdadero problema”, “es fácil que se produzcan incidentes”, “cesiones”, “tolerancia a la ocupación de la zona de nadie”. Tanto es así que el ex presidente Aznar, vigilante, se ha desplazado también a la ciudad del Norte de África.

Habría que preguntarse lo que el poeta: “¿Será verdad que tenemos la patria deshecha, la vida en suspenso, todo en el aire?”

*****

Siguiendo con los libros: me ha costado encontrar Ana Karenina, la novela de León Tolstoi. Pregunté en El Corte Inglés y me dijeron que estaba agotada. “A la gente le ha dado por ahí, no sé por qué”, me dijo una dependienta con desgana. Puede que sea por el centenario de la muerte del escritor ruso. O puede que sea por el encendido elogio firmado en un periódico por Eduardo Lago, escritor y sucesor de Muñoz Molina al frente del Instituto Cervantes de Nueva York.

Otro ejemplo más, éste menos pernicioso, de la importancia de nombrar las cosas.

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