Los toros: realidad y ficción

14 Sep

De La noche de los tiempos, una de las lecturas que más estoy disfrutando por su luminosidad, obligándome a subrayar las referencias a tantos personajes y situaciones que se me revelan con una autenticidad que casi podría acariciar,  entresaco muchas enseñanzas de lo que entiendo que es una visión privilegiada sobre lo que acontece. Me identifico tanto con la mirada que el protagonista de la novela, Ignacio Abel, proyecta sobre la España de los años 30 como con la del autor de este libro, Antonio Muñoz Molina, para mí un referente por su conciencia crítica, por su preferencia por quien “no reclama con aspavientos la atención sobre sí mismo”.

Nunca celebraré lo suficiente que Muñoz Molina nos facilite a sus lectores el acceso a sus textos gracias a una página web desde la que también se puede enlazar con su cuenta de Twitter.  No hay día que no busque la última actualización en sus Escrito en un instante; cada cierto tiempo, vuelvo a leer su autorretrato (he llegado a leerlo tres, cuatro veces un mismo día: terminaré por recitarlo de memoria, de seguir así), que completo con la mirada autocrítica sobre sus publicaciones. Así que no puedo ocultar la especial ilusión que me ha hecho que, desde este fin de semana, el escritor y la persona a la que tanto admiro (empecé a leerlo en la última página de El País Semanal, muchas de esas columnas las recorté y aún conservo, y también recuerdo con gusto alguna de sus “diatribas contra los absurdos de la política andaluza oficial”, recurriendo a sus propias palabras, “con sus fastos culturales suntuosos y vacuos”) me tenga también entre las personas a las que sigue a través de esta red social.

Muchas veces, cuando me asoma alguna contradicción, intento proyectar mi duda sobre la conciencia crítica que adivino en Muñoz Molina a través de sus escritos. ¿Qué pensaría de esto o de aquello Muñoz Molina? También me cuestiono cómo actuaría ante alguna situación tal o cual personaje, últimamente Ignacio Abel, a quien tengo tan presente estos días cuando voy a la Residencia de Estudiantes o cuando paso por delante del Jardín Botánico, “su lugar preferido de Madrid”, o cuando viajo el fin de semana a la sierra.

La novela de Muñoz Molina, el día que comencé a leerla

No puedo evitar, por ejemplo, ver las proclamas de los sindicatos a favor de la huelga general del próximo 29 de septiembre desde la mirada atónita de un Ignacio Abel enfrascado como arquitecto jefe en las obras de la Ciudad Universitaria, en aquella España convulsa de la República, con tantas movilizaciones de obreros desencantados con el Gobierno, “dispuestos a sabotear e incendiar las máquinas, a las que echaban la culpa de que hubiera menos jornales, alentados por un milenarismo primitivo”.

“Esos ojos fanatizados por una visión de pureza incompatible con el mundo real”. Vuelvo a leer esta frase subrayada, tan acertada para describir a los españoles de ayer y de hoy. Pero sobre todo busco aquellas referencias que llevan a Abel a rechazar los toros. Aquella ocasión que Negrín celebra una de sus conferencias con un símil taurino. “Ha cortado usted dos orejas y un rabo en una plaza muy exigente”, le dice en la Residencia de Estudiantes con tono festivo. O las constantes críticas a la arquitectura de las plazas: desgarrador ese pasaje de La noche de los tiempos en el que Abel se cita en el café Lion con Juan Negrín, éste ya armado y acompañado por un escolta, lamentando que en un reciente mitin en Écija él e Indalecio Prieto habían sido abucheados por los suyos. Peor: tuvo que recurrir a su pistola y disparar al aire para que aquellos compañeros les “dejaran escapar, huyendo a tumbos por aquellos caminos”.

– ¿Era en la plaza de toros? — le interroga Ignacio Abel.

– ¿Y dónde iba a ser, Abel? Es usted monomaníaco con la cuestión taurina.

– La arquitectura –argumenta Abel– determina el ánimo de la gente, don Juan. Mire esos estadios donde da Hitler los discursos. En una plaza de toros el sol reblandece las cabezas y al público le da el instinto de ver sangre y de pedir que se corten orejas.

Abel, un hombre tan sensible al arte, a la problemática social, adelantado a su tiempo por las lecturas y los viajes al extranjero, y que siente vergüenza al ver en los periódicos franceses y alemanes ilustraciones de corridas de toros: “Caballos miserables con los vientres abiertos por una cornada pataleando en la agonía sobre un lodazal de vísceras, de arena y sangre; toros con la lengua fuera vomitando sangre, con un estoque atravesando el testuz convertido en una pulpa roja por las tentativas fracasadas de descabello”.

Y entiendo el rechazo de Abel.

Me acuerdo de que en mi casa, donde hay afición por los toros, se elevan críticas sonoras cuando se entiende que existe un castigo excesivo (siempre tan complicado determinar la frontera en esto…) con el animal. Recuerdo la diatriba contra un torero de culto entre los aficionados, José Tomás, porque una tarde terminó tan ensangrentado por los lances con el toro que aquello fue interpretado como una impostura, entregarse con descaro al morbo del público por la tragedia, el espectáculo mal entendido, el coso convertido en algo más cercano al circo romano, sin rastro de los principios que deben de ennoblecer la tauromaquia.

Pero prevalece la búsqueda de la belleza estética, la simbiosis entre torero y toro, la música que viene de los tendidos, con los olés y los comentarios afilados del público experto, la crónica taurina del día siguiente. Una forma de vida, tan ancestral y tan llena de tópicos, seguramente equivalentes en su injusticia al enaltecimiento carente de cualquier autocrítica de los que se proclaman defensores acérrimos de la Fiesta. Quizás yo no comparta el entusiasmo de tantos familiares y amigos por el toreo, así como de personas a las que admiro por otras cuestiones; desde luego estoy lejos de las proclamas, tipo Albert Boadella, que ven en los toros la mayor expresión artística jamás inventada por el hombre.

Pero sí estoy en contra de la prohibición de los toros. Hago mío los argumentos que no comparten la reivindicación de unos supuestos derechos de los animales (con los que los humanos, portadores de derechos, sí tenemos deberes y obligaciones), tampoco para el caso concreto del toro de lidia. Estoy con los que creen que suprimir las corridas en defensa del animal es un contrasentido, ya que suprimiría la razón de la existencia del toro de lidia, cuyo cuidado y vida en el campo representan, a mi entender, uno de los mayores exponentes de ecologismo (sería como si la solución para los daños causados por los incendios viniera de talar todos los árboles).

No obstante, atiendo a otros puntos de vista. Dejando a un lado la ficción de La noche de los tiempos, sé que Muñoz Molina no es partidario de las corridas de toros (insisto en que aquí hay un matiz muy importante: no es lo mismo no ser partidario de las corridas que estar de acuerdo con que éstas se prohíban por ley; y en esto hay tantas opiniones como matices). Y vuelvo una vez más al autorretrato que aparece en la web del escritor para hacer mías las consideraciones que, en el último párrafo, vierte sobre una persona progresista:

“Ser progresista no es defender a rajatabla al grupo al que uno pertenece sino vindicar como propias las causas singulares de quienes en principio no son como nosotros (…) Un progresista se rebela contra el sufrimiento innecesario de los animales y contra el despilfarro de los bienes ambientales que son de todos, también de las generaciones futuras”.

Entonces:

¿Es una causa singular la defensa del toreo?

¿Es innecesario el sufrimiento del toro?

¿Es un despilfarro desprenderse del bien ambiental que conlleva el cuidado del toro?

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