Ponga una librería en su vida

25 Sep

Llegan noticias que vuelven a desnudar a tanto agorero con aires de gurú, experto de no se sabe qué. Hay gente especializada en decretar la muerte de lo anterior conforme va surgiendo lo nuevo: la radio no resistiría la irrupción de la televisión; el tren correría la misma suerte con el éxito del coche; los libros presentados al público en algo tan primitivo como el papel serían olvidados en un chasquido de dedos por la irresistible novedad de lo digital.

Si tomamos como cierto aquel axioma según el cual cuando en Nueva York son las tres de la tarde en Europa son las nueva de la mañana de diez años antes, parece que la ciudad que anticipa las modas trae una reedición de lo que una vez pareció abocado a desaparecer: las librería independientes de barrio resurgen frente a las grandes marcas culturales. Todavía una tendencia pero que, de confirmarse, encerraría una paradoja con algo de justicia poética: la era digital salva la pequeña librería. El porqué: el usuario que consume cultura a golpe de best-sellers y productos de masas compra a través de internet, ya no hace falta desplazarse (perder el tiempo, supongo) en esos grandes almacenes; pero queda otro consumidor, el que agradece el trato personalizado, el buenos días, el que entiende que estos espacios culturales, por humildes que sean, enriquecen la calidad del tejido empresarial de un vecindario. 

Imágenes tomadas de la web de Ivorypress. Arriba, espacio interior de la librería; abajo, la doble entrada, a la librería y a la sala de exposiciones

En Madrid existen propuestas de este último tipo ciertamente admirables. Hace unos días descubrí, a escasos metros de donde vivo, la de Ivorypress, un compendio de arquitectura puesta al servicio del uso del espacio como sala de exposición y librería. Revitalizando un barrio sin grandes alardes, sorprende cuando te adentras en lo que antes sería un sótano y ahora descubres un espacio diáfano, con una iluminación perfecta y un trato atento y especializado en la materia que se expone, con especial énfasis en el arte contemporáneo, la fotografía, el diseño y la arquitectura. Por algo el proyecto es deudor de la editorial fundada por Elena Ochoa Foster, compañera del ilustre arquitecto Norman Foster.

Espacios polivalantes, en otros tantos casos, que intentan multiplicar las posibilidades que surgen a partir de unas estanterías con libros. Las librerías se especializan, se ajustan a los tiempos de ocio del ciudadano (muchas abren de madrugada) e incluso ofrecen la posibilidad de tomarse un café, quizás una copa, puede que incluso acojan un restaurante. Es el caso de Fuentetaja o de La Fugitiva.

Todas estas son propuestas independientes nacidas por iniciativa privada. Pero esta semana, al fin, también he podido recorrer las voluminosas salas de la Biblioteca Central, un espacio público cerrado por la Comunidad de Madrid desde hacía meses por unas obras de reforma que parecían inacabables. Atrás quedan meses de recovecos burocráticos que pudieron llevar a esta biblioteca al olvido de los ciudadanos, algo en lo que también contribuye un acceso laberíntico por calles que parecen una sucesión de callejones sin salida. (Por cierto, que nadie se fíe del Google Maps en este caso, para el que parece que no existe la dirección Felipe el Hermoso, 4).

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