Los que nos avergüenzan

5 Oct

Me gusta el otoño porque lo asimilo con el estado de promesa: la llegada del nuevo curso, la temperatura ideal para pasear, el tiempo por delante. Madrid es una ciudad propicia para esta estación del año, aunque esto importe poco para que sean presentados en la capital numerosos xacobeos, vueltas ciclistas, san fermines o ferias de abriles, ya que sus organizadores entienden que es aquí donde obtienen mayor repercusión mediática.

Me detengo un instante en el que sirvió de presentación de la iniciativa de la Junta de Andalucía para que el flamenco sea declarado por la UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Un par de consideraciones: 1º) Bien podría la Junta atenerse a la valoración de la UNESCO para lo que concierne a algunos proyectos faraónicos que siguen levantándose en sus ciudades, caso de la Torre de Cajasol proyectada en la Cartuja de Sevilla; 2º) Bien podría no contradecirse el presidente Griñán en sus escritos periodísticos cuando, después de presentar al flamenco como “patrimonio de todos“, defiende tajantemente que éste “no tiene fronteras pero tiene cuna, Andalucía”: no niego la buena voluntad de Griñán en la protección del flamenco, pero alguien podría pensar que el hecho de nacer aquí o allí es motivo suficiente para ensalzar a las figuras del  flamenco, y estoy pensando en Miguel Poveda y en su Barcelona natal. Ya se sabe, uno comienza apadrinando la exclusividad del flamenco igual que otros niegan el jazz auténtico a aquellos que no nazcan negros, ambas cosas con la misma despreocupación con la que alguien (ejem) se autoerige en custodio de un río, aunque el cauce de éste también bañe las tierras de una comunidad autónoma vecina.

Entre la actividad cultural (es fácil aturdirse con tantas y tan variadas propuestas) me ha gustado encontrarme las dos grandes citas relacionadas con la vida cultural de la España de La noche de los tiempos, con esa voluntad estilística de contar el pasado en presente de su autor, Antonio Muñoz Molina. Me refiero a los actos de conmemoración de dos centenarios, el de la creación de una institución como la Residencia de Estudiantes, que quizás corre el riesgo de ser algo simplificada en las figuras de Federico García Lorca y Salvador Dalí (pienso en  la exposición del CaixaForum), y el del nacimiento del poeta Miguel Hernández.

El poeta Miguel Hernández

Viendo una y otra exposición recordé un texto leído meses atrás, en el que Muñoz Molina invitaba a leer la poesía de Miguel Hernández combatiendo de paso los estereotipos, algunos cultivados por el poeta, que han perseguido al autor de Vientos del pueblo. “Nacido para el luto” es el título de ese artículo.

Desde la apuesta de Muñoz Molina por el pasado en presente, que debe tanto a la escritura de los diarios, se entiende que al referirse a Miguel Hernández insista en una idea: “Vivió en su tiempo, no en el nuestro”. De ahí, continúa, que en 1935 escribiera poemas y conatos de autos sacramentales influidos por el catolicismo entre místico y fascista de su amigo Ramón Sijé y en septiembre de 1936 fuera miembro del Partido Comunista y cavara trincheras recién alistado en el Quinto Regimiento. ¿Cómo era el presente de aquella España para un Miguel Hernández que “hacía poemas a la Virgen María y también los hacía a Stalin”? ¿Existía en 1936 una división precisa, como una trinchera, que diferenciara lo que luego se catalogó como las dos Españas?

Las celebraciones de la Residencia de Estudiantes traen a nuestro presente la vida de genios que habitaron en la colina de los Chopos, entre los que no se incluyó nunca Miguel Hernández. “De todo aquel grupo”, recuerda Muñoz Molina, “sólo él conoció de primera mano el trabajo manual, sólo él pasó hambre al llegar a un Madrid en el que se le cerraban todas las puertas y en el que daba vueltas por las calles con el estómago vacío”. Han transcurrido los mismos años para los Lorca, Alberti, Buñuel que habitaron en la Residencia que para ese Miguel Hernández que “quizá no tuvo entre los literatos de Madrid ningún amigo de verdad salvo Vicente Aleixandre”.

Para entender esa “soledad que no aliviaba nadie” (la guerra comenzó y no dejó disfrutar a Hernández de la visibilidad ganada por los elogios de Juan Ramón Jiménez a El Rayo que no cesa) es preciso tener presente lo que contaba en aquel artículo Muñoz Molina: “Rafael Alberti en verso y María Teresa León en prosa le atribuyen sin demasiados eufemismos un olor poco adecuado para las cercanías sociales. García Lorca no se presentaba en una casa si sabía que Miguel Hernández estaba en ella. Llamó por teléfono a Aleixandre con la intención de ir a visitarlo, y al enterarse de la presencia de Hernández no se contuvo: ‘Échalo”.

Sería un error pensar que la dolorosa verdad de Muñoz Molina fuera interpretada como un desdén hacia las figuras de Lorca o Alberti. Cualquiera que, por ejemplo, lea la antología de Austral de la literatura de Lorca prologada por el escritor jienense encuentra que el autor de Poeta en Nueva York es equiparado en su genialidad con Mozart o con Charlie Parker. Se trata de algo que escapa a los tiempos: la mayoría de los mortales tenemos que convivir con nuestras luces y sombras, algo, por otra parte, que humaniza al artista y espanta las tentaciones de divinizarlo. Aunque es cierto lo que decía el escritor Fernando Iwasaki: quienes realmente nos pueden avergonzar son aquellos que a priori creemos que piensan como nosotros, que tienen algo en común con nosotros.

Leyendo esa antología de Austral, encuentro estos versos en Poeta en Nueva York: “He visto que las cosas/ cuando buscan su curso encuentran su vacío”. Y pienso que no existe mejor resumen para la huida hacia delante del presidente Zapatero, muy especialmente sabiendo qué ha encontrado con su apuesta por Trinidad Jiménez para la Comunidad de Madrid. La agenda del otoño madrileño no sólo es rica en su vertiente cultural.

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Una respuesta to “Los que nos avergüenzan”

  1. El Calerín 8 octubre 2010 a 9:24 #

    Muy interesantes tus observaciones. Antes, como ahora, hubo clases; también entre la “gauche” cultural.

    De ZP no diré más de esto: el domingo pasado me comentaba el hermano de un alcalde socialista (con 16 años consecutivos gobernando en un pueblo de la provincia de Cádiz) que ni cayéndosele la mano volvería a votarlo. Debería plantearse la sucesión, en forma de primarias o de manera tradicional.

    See you.

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