Manuel Alexandre: reivindicación de los secundarios

12 Oct

La muerte de Manuel Alexandre debería servir para reivindicar una vez más a los actores secundarios. Prefiero este término, secundario, al más canónico de actor de reparto. El cine español tiene tantos: Agustín González, Luis Ciges, Eduard Fernández, Chus Lampreave, entre un largo y fértil etcétera de artistas que dan profundidad a las obras en las que intervienen.

Sospecho que terminará siendo una costumbre: desde hace un par de años, en los días previos a la Navidad, veo Plácido, esa película que inventó Luis García Berlanga, escrita entre otros por Rafael Azcona, y en la que se premió el trabajo de Alexandre, que tiene aquí uno de esos papales secundarios. En Plácido, el elenco de actores que llenan cada secuencia hace posible la sutileza en el retrato de una sociedad, desde el inicio hasta el final, con ese villancico que toca tantas fibras. “La crítica a la caridad administrada y obligatoria”, en palabras de Berlanga…

Abril de 2008. El primer acto público de Zapatero tras revalidar su cargo como presidente del Gobierno, así que en el Círculo de Bellas Artes de Madrid se armó una buena cuando éste y su señora hicieron acto de presencia, con su séquito de guardaespaldas, en el homenaje brindado tras la muerte del maestro de los guionistas, Rafael Azcona. Termina el acto, el  Salón de Columnas abarrotado, “una foto con los actores, presidente”, y los periodistas intentando acercarnos, siguiendo a los habilidosos y numerosos fotógrafos. Las sillas por medio, los camareros ofreciendo copas de vino, la iluminación escasa, la temperatura que sube y los guardaespaldas sudando, a la estela de Zapatero y de los ministros. Conseguí respirar a la izquierda, apartado del escenario, justo desde donde vi al presidente saltar de la tarima, sonriente y con los brazos abiertos, para saludar a alguien. Era Manuel Alexandre.

Manuel Alexandre en 'Versión Española', de TVE

“Un genio, un maestro”, decía Zapatero (que seguía sonriente) a los que podían escucharle: Alexandre, los guardaespaldas y algún periodista que había tenido algo de suerte al situarse a la izquierda, apartado del escenario. Un año después, en el Palacio de la Moncloa, Zapatero entregó a Alexandre ahora no recuerdo qué distinción por su contribución a la cultura española.

Tampoco recuerdo si fue antes o después de aquel encuentro en el Círculo de Bellas Artes, pero hubo otra ocasión en la que pude ver esa misma expresión de felicidad en la cara de Manuel Alexandre, fiel reflejo de su bonhomía. Ocurrió una tarde en el Café Gijón, después de una comida generosa. La mesa de siempre, en la primera cristalera según se accede a la histórica cafetería, reservada para el grupo de amigos que hacen la tertulia. Nosotros nos sentamos dos o tres mesas más atrás, también junto a una de las cristaleras que dan al Paseo de la Castellana.  El grupo de amigos va ocupando la mesa reservada, entre los que reconocemos a Manuel Alexandre. Poco después nos levantamos para irnos, pasamos por su lado, y mi tío Francisco se acerca a su mesa. “Salud,  compañeros”, les dice. Manuel Alexandre pone esa cara de felicidad, de agradecimiento, y le extiende su temblorosa mano. “Gracias, gracias”, responde.

La misma mano que sigue saludándonos cuando, ya desde la calle, miramos hacia el interior del Café Gijón, en donde se quedó Alexandre y el grupo de amigos. Conversando, plácidamente.

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