Otra ración de abucheos

22 Oct

Al principio de mi llegada a Madrid (voy a hacer ahora cinco años) caminaba a menudo por el Paseo del Prado creyendo que allí estaba la esencia de la capital: como no sabía cuánto tiempo aguantaría aquí, intentaba de esta forma aprovechar el tiempo. Caminaba sin propósito, dejando que las ganas decidieran si entraba en el Reina Sofía, el Museo del Prado, el Thyssen o en ninguno de ellos. La mayoría de las veces optaba por esto último: gastaba el tiempo y algo de dinero hojeando los libros de la cuesta de Claudio Moyano, me desviaba hacia el Retiro o me entretenía vete tú a saber en qué librería o cafetería o sala de exposiciones del Barrio de las Letras.

El caso es que solía terminar cerca del Ateneo, en la calle del Prado. Antes que por el descanso en un viejo sillón o por el deslumbramiento de una conferencia sobre la filosofía presocrática, lo que me atraía del Ateneo, para qué engañarnos, eran sus facilidades en el acceso y, sobre todo, los precios modélicos de su cafetería-restaurante. Digamos que un servicio correcto, sin grandes alharacas, para comer caliente.

Los ateneístas conmemoran el 175º aniversario de una institución que tiene un propósito que se me antoja utópico: “Extender y consolidar la ilustración general”, según explican en su web. “Hace 175 años el Ateneo nació creyendo que la difusión de la cultura era un elemento de transformación de la ciudadanía, hoy la cultura está enormemente difundida, hay muchos universitarios, las nuevas tecnologías nos la traen a casa… pero estamos manipulados por la industria cultural, por intereses políticos y económicos, es necesario un foro de debate no domesticado donde la única medida de las ideas sea el rigor”, según ha declarado recientemente el presidente del Ateneo, Carlos París.

Sorprende que una institución que, seguro que por desconocimiento, yo mismo situaba más cercana al siglo XIX que al XXI por aquello de su rancio abolengo hable en esos términos: “manipulados por la industria cultural, por intereses políticos y económicos”. Su presidente atina con la idea: “Hoy la gente se junta con los que piensan parecido y miran a los otros desde la distancia, el Ateneo es todo lo contrario, la gente discute con quien piensa diferente y de ese ruido ha salido lo mejor de esta sociedad”. Lo mejor de la sociedad: el Ateneo de Madrid fue vanguardista en la aceptación de las mujeres (desde finales del siglo XIX, en un país que tardó en hacer real el sufragio universal), vio formarse a las generaciones del 98, el 14 y el 27, y también fue la placenta de donde surgió la Institución Libre de Enseñanza.

Salimos del Ateneo y la actualidad nos envuelve con su dosis de realismo: grupos de exaltados que gritan con la excusa de la crisis pero que ya gritaban hace cuatro, seis años contra el mismo “embustero”, fulminando cualquier atisbo de solemnidad que pueda tener el día de la Fiesta Nacional; jóvenes que estudian para ser licenciados de Ciencias Políticas y que insultan y acosan a una diputada erigiéndose en guardianes de no se sabe muy bien qué esencia de su Facultad, repitiendo esa consigna tan original de “fuera fascistas de la Universidad”; asociaciones que confunden la defensa legítima y necesaria de las víctimas del terrorismo con todo un glosario de insultos, “cobarde”, “vendido”, hacia la misma persona que es vituperada desde hace cuatro, seis años.

Me llama poderosamente la atención que cuando se afea la actitud de los insultadores profesionales haya quien agite el banderín de la libertad de expresión. Esto no es nuevo: hay gente que cree que el voto siguiendo el patrón de la democracia faculta para injuriar y calumniar. “Yo defiendo esto porque es lo que ha votado la mayoría”. Me gusta responderme a mí mismo con una frase que leí en un libro que me gustó mucho: “Las personas decentes no se esconden detrás de una masa uniformada”. Pero si esto me sorprende, todavía me descoloca más que muchos critiquen estos comportamientos grupales y luego, para referirse a los otros, continúen descalificando a título individual: imbécil, borrego, facha, tirano… y por ahí siguen.

En singular o en plural, pero somos grandes expertos en abucheos.

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