Leer lo leído: Vargas Llosa, Pérez-Reverte, Verdú

25 Oct

Leer lo leído, ojear las notas que has ido tomando quizás para sacar algo en claro, puede que tan sólo con la idea de que te sirviera como pretexto para una nueva anotación en el blog. Por eso uno exprime más la lectura de la prensa dominical: los artículos de fondo, las grandes firmas, la celebración de la lectura reposada. Te acuerdas de aquel placer de los lectores de The New York Times: el placer del periódico que te cuenta el mundo, con el despliegue de titulares según su importancia, el intento de conocer la complejidad abrumadora de lo que pasa.

No hacía falta que Mario Vargas Llosa ganara el Premio Nobel para ponerse de moda. Tenía desde hacía tiempo ganada la atención del lector de periódicos medianamente exigente. Vargas Llosa es el atrevimiento, la confrontación de las ideas, la elegancia que le ha distinguido y que le ha hecho humano, con toda la carga emocional e incluso con todas las equivocaciones que eso puede acarrear. Nunca evita posicionarse en medio de la polémica para analizar con la precisión de un bisturí cuestiones abrumadoramente complejas, como la Piedra de toque de este domingo, dedicada a “Las caras del Tea Party“.

Vargas Llosa no escatima en calificativos para describir el movimiento “ultraconservador, reaccionario, populista y demagógico”, pero percibe uno el intento por no caricaturizar o ridiculizar sin más. De ahí que termine con ese llamamiento pertinente, tan presente en sus ensayos, a favor de un liberalismo que adelgace el Estado para evitar el “envilecimiento de la democracia”. Es exactamente lo mismo que he oído recientemente por boca de Antonio Muñoz Molina, que se define abiertamente como un socialdemócrata progresista, esto es: que la sociedad civil no puede perder la iniciativa y encomendarse al tutelaje absoluto del  Estado, convertido a menudo en una maquinaria de burocracia y de “enjuagues políticos”; no permitir, en concreto, la “oficialización de la cultura”.

Agradezco el estilo de escritura de Vargas Llosa porque entiendo que expone sus argumentos buscando la reacción noble del lector, que puede ser cómplice o que puede también disentir. Pero existe ese principio fundamental de respeto hacia el lector, la voluntad de no darte masticados los argumentos para que luego uno tan sólo tenga que tragar la papilla, a la espera de la digestión.

En oposición a esto, me siento muy lejano del estilo que este domingo he visto reflejado en la Patente de corso de Arturo Pérez-Reverte, que lleva por titular “Los moros de la profesora“. Dejo a un lado la razón última que motiva que Pérez-Reverte aleccione a ese chico de catorce o quince años corregido por su maestra “por utilizarla la palabra moros al hablar de la Reconquista”, algo que hace merecedora a la enseñante de ser calificada de “imbécil”, “tonta del culo”, “cantamañanas”, “estúpida”, “gilipollas”. Supongo que como no es suficiente con ridiculizarla, el escritor y articulista recomienda al joven que “trague” con lo que “le salga del chichi” a tremenda inquisidora, a sabiendas de que: “Tu maestra, por muy estúpida que sea, tiene la sartén por el mango. Así que traga, colega, mientras no haya otro remedio; que ya tendrás ocasión, en el futuro -todos pasan tarde o temprano por delante de la escopeta- de ajustar cuentas, real o figuradamente”.

O figuradamente, menos mal que deja la escapatoria, pero no obstante: ¿tan trascendental es que a la maestra no le guste la palabra moro? ¿Justifica esto que se desenvaine la metáfora para colocarla frente al pelotón de fusilamiento? Es más,  ¿no puede tener la maestra un mal día o incluso errar en el enfoque de una enseñanza? ¿Es necesario tirar al bulto sin casi perdonarle (figuradamente, quiero entender) la vida?

Algo parecido me ocurrió la semana pasada con un artículo que tuve que volver a leer, tengo que reconocer, por ser Vicente Verdú quien lo firmaba. Se titula “La libido del puente y la pasarela“, y viene a ser una defensa de la ingeniería y de la obra civil contrapuesta con la posición de los grupos ecologistas de denuncia por el daño que se hace a la naturaleza. Verdú se decanta por la belleza necesaria de estas construcciones, y despide su artículo de esta forma: “Todos ellos tan reveladores del plus estético que la naturaleza recibe con la inteligente, afectiva o libidinosa intervención del hombre que ya pueden ir ahorcándose los más severos y asexuados de los ecologistas”. Entonces, ¿no les queda otra a los ecologistas que ir “ahorcándose” en esos puentes?

Me pregunto de dónde saldrá tanta hostilidad.

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Una respuesta to “Leer lo leído: Vargas Llosa, Pérez-Reverte, Verdú”

  1. john 18 noviembre 2010 a 12:06 #

    give me now

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