A las puertas del cine

10 Nov

Llegamos hasta las puertas del Cine Conde Duque, andando desde el piso y después de descartar sumarnos a las aglomeraciones que, en un día festivo en Madrid, harían cola en alguno de los múltiples centros comerciales del extrarradio. No se trata de ninguna extravagante protesta contra la omnipresencia de las grandes superficies: la compra mañanera en uno de esos centros comerciales ya había retrasado un poco la hora de la comida, que fue copiosa. Chacina ibérica, aceitunas y rábanos de entrantes, y luego un delicioso arroz con carrillada de cerdo, todo ello regado por un buen vino de Rioja.

La duermevela en el sofá y la noche, aún más prematura por el nublado, cuando salimos de nuevo a la calle. El viento traicionero a la vuelta de cada esquina, menos mal que son pocas hasta llegar al cine, pero suficientes para echar en falta algo más de abrigo. Hacía tiempo que no íbamos al cine (intentamos recordarlo, pero no somos capaces: ¿antes del verano?) y teníamos ganas de ver lo que ya no es un estreno. Raro es el día que no paso por delante del Cine Conde Duque, en la confluencia de Santa Engracia y Ríos Rosas, por ejemplo cuando voy al Canal de Isabel II o a la Biblioteca Central. Por eso sabía que podríamos ver La red social en la sesión de las ocho y media de la tarde. Vaya, tenemos puntería: el día que nos decidimos, que ninguno de los dos está cansado, que coinciden nuestros horarios, que no hay otro compromiso, que realmente nos apetece ver una películay que no sea en DVD, ese día quitan de la cartelera La red social

Mientras consulto en el iPhone si la película en cuestión la siguen poniendo en algún cine de Madrid (en el Capitol, llego a ver), nos arrebata el griterío descomunal de alguien cercano a nosotros, a las puertas del cine. La gente se vuelve a mirar, igualmente sorprendida. Se trata de un hombre enjuto, con gorra, zapatillas y abrigo largo, pero todo ello apolillado, desaliñado, sucio. Un joven permanece prudentemente a un metro de distancia de éste, no se sabe muy bien por qué, quizás le ha hablado o lo ha tocado, pero el hombre de gorra, zapatillas y abrigo largo ha reaccionado emitiendo un soniquete lunático, atolondrado, parece que a modo de protesta: “Te voy a cortar la picha en tres trozos, te voy a meter un policía por el culo, te voy a meter un militar por el culo…” El joven intenta tranquilizarlo, “eh, para”, pero no hay forma. Por un momento, el hombre de gorra, zapatillas y abrigo largo parece que viene hacia nosotros, la mirada ida, la cara y el pelo mugrientos, pero de nuevo se vuelve, manteniendo el tono de su quejido: “Te voy a cortar…”

La gente permanece a la expectativa con las entradas del cine en la mano, como si de pronto ya nadie llegara tarde a la sesión o como si ya no urgiera consultar nada en el móvil; nadie pasa por la acera a la altura del hombre de gorra, zapatillas y abrigo largo. Hasta que, con el mismo brío con que inició su lamento, decide cruzar la calle, casi sin mirar si vienen coches y en ningún caso sin renunciar a su protesta, cada vez más lejana: “Te voy a cortar…” Ya no se ve el hombre de gorra, zapatillas y abrigo largo, ni tampoco se oye su retahíla, y es entonces cuando la gente prosigue con lo suyo a las puertas del cine.

Decidimos que el cine tendrá que esperar y damos un ligero paseo por el barrio. Volvemos a casa y me acuerdo de un pasaje del libro que estoy leyendo ahora, Ventanas de Manhattan, en el que Antonio Muñoz Molina detiene su privilegiada mirada en esos “náufragos animalizados por muchos años de soledad ajena a todo trato humano” y que habitan en las calles de Nueva York a pesar de la resistencia de las autoridades locales, que entienden que perjudican al turismo, despojados de todo el confort que les rodea en la ciudad que mejor representa la celebración del dinero, y de la que surgió la última crisis económica de dimensión planetaria.

“Regresan los homeless, los vagabundos de las calles, vestidos con los mismos harapos y envueltos en un hedor idéntico al de hace diez o doce años, rebuscando como entonces entre los restos de comida y los envoltorios de plástico de las papeleras, escribiendo de nuevo peticiones de ayuda y relatos de desgracia en trozos de cartón, poseídos muchos de ellos por una pasión acumulativa que no debe ser mucho menos delirante que la de los megamillonarios que habitan apartamentos de cincuenta habitaciones en las torres ostentosas de Park Avenue o de la Quinta Avenida, frente al lado este de Central Park”.

Quién sabrá cuál es el relato de desgracia, el día a día en Madrid, de ese hombre de gorra, zapatillas y abrigo largo que ya hemos perdido de vista.

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