Mañanas a la carrera

24 Nov

Me gusta encontrar en el libro Ventanas de Manhattan, del que me queda por leer poco más de cincuenta páginas, la apreciación de Antonio Muñoz Molina sobre las ciudades que conviven en Nueva York, variando según el estado de ánimo en el que tanto tiene que ver si uno está de paso o si es un trabajador que madruga para exponerse a la aspereza de la urbe. No es lo mismo pasear por la Quinta Avenida sin rumbo, como turista, que hacerlo con el agobio del reloj de quien tiene que atravesar Manhattan en metro o en una furgoneta para llegar a tiempo a la oficina o entregar un paquete.

A veces pienso que soy un turista que vive en Madrid. No puedo compartir la visión caótica y estresante de la capital porque mi horario de trabajo me permite, aunque sólo sea en este sentido, sentirme afortunado. Cierto que uno tiene un acceso de pesadumbre cuando tiene que salir a la calle a eso de las cinco de la tarde, sobre todo ahora que la noche parece correr al encuentro del invierno, pero es una pesadumbre rápidamente mitigada cuando piensas en que, en el fondo, disfrutas con lo que haces en tu trabajo y, además, ese horario te regala las mejores horas del día para tu provecho.

El Canal de Isabel II, una mañana de noviembre

Uno de los momentos en los que tengo más conciencia de mi suerte es cuando salgo a la calle y me sumo a las carreras inevitables de la gente trabajadora. Veo a los funcionarios afanándose por encontrar aparcamiento en las calles tan cercanas a los Nuevos Ministerios, a los trabajadores de los bancos apurando los cigarrillos con el café y los churros que les ha servido a toda prisa el camarero del bar de la esquina, a los dueños de los comercios del barrio limpiando las vitrinas y colocando diligentemente el género; y ahí estoy yo, viéndolos a todos, con mi ropa deportiva, dispuesto a aprovechar las horas de sol para correr un rato, a ver si hoy soy capaz de llegar con buen ritmo a los 45 minutos. Mañanas a la carrera.

Alcanzas la sensación de plenitud cuando el calor corporal consigue amortiguar la temperatura ambiente en la fría mañana madrileña. Te concentras tanto en la respiración, en el gesto binario de combinar el movimiento de la pierna izquierda seguido de la pierna derecha, que ya no escuchas el tráfico incesante que pulula alrededor de las instalaciones del Canal de Isabel II. Vas notando la pesadez en las piernas y que las aletas de la nariz se abren para absorber el aire que llena los pulmones, sumándose el olor a vegetación que llega de los pinos piñoneros, las adelfas o los ciruelos del parque. Respiras con la consistencia con la que la pista de tartán silencia tus pisadas.

Podrías pensar que la recompensa es sentirte mejor físicamente, pero en ese momento en que has parado, notando las pulsaciones en el pecho y en el cuello, el sudor que empapa la espalda y de nuevo el frío, es justamente cuando agradeces el esfuerzo por algo mucho más primario. Ya has estirado los entumecidos músculos y sales de las instalaciones deportivas con la sensación de que has ganado capacidad para observar y para oler todo lo que te rodea. De camino a casa piensas en la revitalizante ducha con agua caliente que te espera y es fácil mirar por una cristalera y ver al funcionario, al trabajador de banca o al dueño del comercio, todos ellos inmersos en las tareas de la mañana.

Ya en casa, tras ducharme y comer, busco en Ventanas de Manhattan una observación que había leído y subrayado sobre el significado que tienen las caminatas para Muñoz Molina, y que yo aplico para el ejercicio físico: “La caminata es una forma de conocimiento y una forma de vivir, un ejercicio permanente de aproximación y lejanía. El cuerpo entero, el alma, la imaginación, la mirada, la atención, el recuerdo, se conjugan en una sola tarea (…) es el tiempo presente y todo el pasado de los caminos que uno ha recorrido hasta ahora mismo (…) una plenitud de la vida física, de los sentidos en acción, en estado de alerta”. Muñoz Molina lo compara con el ritmo suspendido en el tiempo por el bajo y la batería que llevan el compás de un grupo de música, pero también podría compararse con el estado de embriaguez que se alcanza cuando, ante la hoja o la pantalla en blancos, uno escribe y escribe como si las palabras estuvieran ahí palpitando, a la espera de que tú las escribas. Hay otra frase de Cervantes que repite mucho Muñoz Molina en Ventanas de Manhattan: “Sola la vida humana corre a su fin ligera más que el viento”.

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