Los pasatiempos

27 Nov

Salgo a la calle en la tarde del viernes atenazado por el frío polar que han anunciado los meteorólogos, con ese aire de vaticinio de ofensiva militar, y camino con el sobrepeso de la ropa pero a paso ligero. Quiero ir al Centro de Arte Moderno porque he leído por la mañana en el periódico que allí hay una exposición permanente que se titula “Pequeño museo del escritor”. Me detengo en la calle Viriato, esquina con Vallehermoso, para confirmar en el GPS del iPhone si voy en la buena dirección: sí; pero ya que he parado, levanto la vista y veo una vitrina polvorienta, en la que el reflejo de las luces de neón de otros establecimientos casi no deja ver los libros que se anuncian. Hay varios relacionados con los toros. Entro en la librería de antiguo y pregunto por uno en concreto: el Juan Belmonte del gran periodista sevillano Manuel Chaves Nogales. El librero, que me ha saludado sin mucho entusiasmo al entrar, me pone ante mí una pila de libros antiguos, algunos con páginas descabaladas, con las esquinas de las tapas estropeadas, entre los que no se encuentra el de Chaves Nogales. “Pues eso es lo que hay”, me responde el librero, que se da un aire a Henry Kissinger, con el pelo gris acabado en caracolillos y las gafas gruesas de pasta negra que ahora se vuelven a poner de moda, pero que en su caso parecen tan anticuadas y maltratas por el tiempo como los libros que custodia.

Sé que no voy a comprar nada, pero sigo por deferencia un rato más manoseando libros, abrumado por tantos ejemplares aunque, estratégicamente, cada vez voy acercándome más a la puerta, que se abre empujada por una señora de unos sesenta años. Entra trayendo consigo la urgencia de la calle, fatigada y, sin solución de continuidad, pregunta por los pasatiempos. El librero le indica a la señora que los pasatiempos están justo desde donde ella ha preguntado, en la entrada: vaya, pienso, en el sitio exacto para que yo no pueda abrir la puerta y salir. La señora se explica: “Busco pasatiempos, pero que no tengan faltas de ortografía”. Al parecer, hace unos meses tuvo un intercambio de cartas con una editorial que había tenido una distracción imperdonable con el femenino de truhán. El librero, que quiere cuidarse en salud, le advierte con tono displicente: “Con estos pasatiempos no podrá hacer eso que cuenta porque están descatalogados”. Y allí dejo a la señora defendiendo, obstinadamente, la causa noble de un mundo con pasatiempos sin faltas de ortografía y que toda publicación tiene que tener alguna empresa editorial que responda ante los defectos de forma…

Lo que puede dar de sí la escritura.

Interior del Centro de Arte Moderno/ Foto de arteinformado.com

Como esperaba encontrarme con la arquitectura de lo que comúnmente entendemos por un museo, paso de largo por delante del Centro de Arte Moderno, en la calle Galileo. Una puerta de cristal que ocupa prácticamente la totalidad de la fachada, una planta baja y un sótano en un edificio de viviendas, y los libros con una presencia de objeto de lujo en estanterías, a izquierda y derecha. Pregunto por el museo del escritor que ha motivado mi caminata. “Lo tiene usted delante”, me responde un hombre hablando entre dientes, con el gesto forzado por una sonrisa perenne. Se refiere a unas vitrinas, perfectamente iluminadas, con sus indicaciones escritas en papel. El mismo hombre se ofrece como guía en tan peculiar exposición: ocupando una pequeña parte de una pared, delante de nosotros está la pipa en la que fumaba Julio Cortázar, dos sombreros que pertenecieron a Bioy Casares, las primeras ediciones dedicadas por Borges o Ramón Gómez de la Serna, una máquina de escribir y otros utensilios, incluyendo una de las gafas usadas en vida por Juan Carlos Onetti (también de pasta gruesa, como las del librero que a estas alturas las habrá revoleado ante la vehemencia de la señora de los pasatiempos).

Con todo, me gusta especialmente cuando ese hombre que habla a la velocidad de la luz, con acento marcadamente uruguayo (¿o es argentino?), llega a uno de los objetos expuestos, regalo de Antonio Muñoz Molina. Es el bolígrafo, de tonos verdes y que uno imagina pesado descansando en la mano al escribir, con el que Muñoz Molina esbozó lo que luego se publicaría como Plenilunio y Ardor guerrero. Como me detengo en observar ese bolígrafo, el guía me puntualiza que el escritor andaluz es “buen amigo” de la casa y que “viene mucho por aquí”, dando paso una explicación sobre la función de este museo, librería y editorial (tres en uno) levantado por iniciativa privada, un proyecto “modesto” que se ha especializado en “los autores latinoamericanos y españoles con presencia en América”. Me voy  dejando mis datos para que me tengan informado de su agenda cultural y agradeciéndole su atención, y lo hago llevándome conmigo Los adioses de Juan Carlos Onetti. “Una gran elección, espero que tenga ocasión de volver por aquí para comentarnos qué le ha parecido”, dice el guía, librero y editor (también tres en uno), siempre con esa sonrisa dibujada en su cara y que le achica los ojos, mientras me devuelve el cambio de diez euros.

Salgo de nuevo a la calle pensando una vez más en lo que puede dar de sí la escritura. Dudo si irme a casa y empezar a leer Los adioses, pero paso por delante de la Sala Clamores, donde sé que esta noche actúa Natalia Dicenta y  Vicente Borland Quartet. No me resisto al calor de una sala con música en directo, y además es una forma de desquitarme porque el pasado sábado nos quedamos a las puertas de la Fundación Juan March, donde se completó el aforo varias horas antes de que diera comienzo el concierto. La escritura de Duke Ellington, Lilliam Hardin Armstrong o Cole Porter ofreciéndose en letras de canciones que cobran una dimensión atemporal en la voz de Natalia Dicenta, que tiene como mayor fan entre el público a su madre, la actriz Lola Herrera, quien poco antes le ha entregado un frasco con lo que intuyo que será algún brebaje casero para poner a tono las cuerdas vocales. Y entre tanta canción, destaca una de The Beatles, “sutil como el canto de un pájaro que vuela al morir la noche”, dice la artista a modo de presentación.

Ha sido una tarde-noche rica en experiencias, a pesar de que uno salió con el único propósito de pasar el tiempo (como la señora que ya estará en el sofá de su casa, bolígrafo en mano, dispuesta a desenmascarar al truhán que haya tenido la osadía de colar alguna falta de ortografía en uno de los pasatiempos que acaba de comprar). Y todavía con el estado de euforia que despierta la música que a uno le gusta, cumplo con la rutina de comprobar, teniendo en cuenta siempre la diferencia horaria entre Madrid y Nueva York, si se ha actualizado ese blog que visito a diario, donde me espera un último regalo a modo de revelación.

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Una respuesta to “Los pasatiempos”

  1. Luis Carrasco Hernandez 2 diciembre 2010 a 22:34 #

    Me gustan tus escritos en La Radio de Papel.

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