Una estatua, una calle

9 Dic

Salimos de la Estación de Atocha paseando en la tarde lluviosa y de temperaturas suaves del miércoles, recordando momentos de un puente de la Constitución-Inmaculada que ha sido atravesado por la inesperada despedida de un familiar muy querido, unos días en los que hemos disfrutado también de la compañía de las dos sobrinas que se acaban de subir al AVE, camino de un pueblo que sale en las noticias de nuevo por la crecida del Guadalquivir. No sé exactamente por qué motivo me detengo ante la estatua en la que nunca con anterioridad había reparado. ¿Ha estado siempre aquí? En la llamada Cuesta de Claudio Moyano, que nace en la Plaza del Emperador Carlos V y que recorre la parte trasera del Jardín Botánico, hay una hilera de casetas de libros antiguos que he visitado en muchas ocasiones, pero nunca hasta ahora me he fijado en la esbelta figura de aquel hombre bigotudo, que hace el ademán de pasar la página de un libro, mirando al frente con una determinación que parece también vislumbrarse en su pierna derecha, ligeramente adelantada. La cuesta de Claudio Moyano está presidida por la escultura de Claudio Moyano, y en el pie aparece la siguiente leyenda: “Este monumento se erigió en este lugar en 1899, fue posteriormente trasladado, restituyéndolo el Ayuntamiento de Madrid a su primitivo emplazamiento con ocasión de conmemorarse el CXXV aniversario de la promulgación de la ley de instrucción pública de 22 de julio de 1857 que tuvo en el insigne catedrático y político D. Claudio Moyano Samaniego su primer inspirador y su más preclaro impulsor y artífice. 28 de marzo de 1982 siendo alcalde de la Villa D. Enrique Tierno Galván”.

Extrañando la recuperación del silencio y la rutina, me levanto este jueves y enciendo el televisor, en el que ya no aparecen los dibujos y las series infantiles que tanto gustan a las dos sobrinas que ahora estarán en su escuela (si las inundaciones no han suspendido las clases), y dejo de fondo a unos políticos españoles que agotan las palabras solemnes para debatir con urgencia en el Pleno del Congreso sobre la situación sobrevenida tras el plante masivo de los controladores aéreos. Se habla de (cito textualmente) grave irresponsabilidad, de la imperiosa necesidad de una ley de huelga, del derecho de los ciudadanos al tráfico aéreo, de desafío al orden democrático,  del estado de alerta y la confusión entre privilegios y derechos, de la justificación de la militarización de los aeropuertos para liberar a unos ciudadanos convertidos en rehenes.

De la mano de Claudio Moyano y su empeño por legislar a favor de la instrucción pública se hace más evidente el contraste entre la determinación que parecen representar los diputados con el asunto del caos aéreo y la generalizada preocupación que arroja el último Informe PISA sobre el sistema educativo español. Escucho al presidente del Gobierno invocar “la determinación y el valor”, “el principio de autoridad” y “la defensa del sistema democrático”, todo ello siempre en relación con la cuestión que ha merecido un debate monográfico en la sede de la soberanía nacional, relegando una vez más ese otro debate sobre la mejora de un sistema educativo que sirva para que España progrese gracias el desempeño de unos ciudadanos más capacitados, más cultos, más competentes en un mundo cada vez más competitivo y con mayores diferencias sociales.

En la historia de España se pueden hallar a algunos hombres y mujeres que quisieron adelantarse a su tiempo y se rebelaron ante lo que Borges llamó “la concepción acústica del estilo” y ese afán de la política por la palabrería, por la pose y la confusión entre lo urgente (es decir, lo último, que hoy sería el estatus de los controladores aéreos) y lo importante (que siempre ha sido el sistema educativo). Entre esas personas sensibles ante la relevancia de la educación, y cuyo legado sólo parece merecer en la actualidad una estatua o una calle, se encuentran Claudio Moyano, pero también Santiago Ramón y Cajal o Francisco Giner de los Ríos. De este último es la cita de 1887 que anoté en mi cuaderno cuando visité hace unas semanas la exposición conmemorativa del centenario de la Residencia de Estudiantes, estandarte de la Institución Libre de Enseñanza: “Lo que más necesitan, aun los mejores de nuestros buenos estudiantes, es mejor intensidad de vida, mayor actividad para todo, en espíritu y cuerpo: trabajar más, sentir más, pensar más, querer más, dormir más, comer más, lavarse más, divertirse más”.

¿Para cuándo una generación de españoles que ponga en marcha un nuevo proyecto de renovación y modernización de España desde el sistema educativo? ¿No estaremos repitiendo la tensión vivida en el tránsito del siglo XIX al XX entre las personas que, impregnadas por su conciencia social, su convicción e idealismo práctico, reivindicaban que el país debía modernizarse mediante el desarrollo económico y la justicia social, frente a esos otros charlatanes e incluso renombrados pensadores metafísicos que exclusivamente elucubraban sobre la esencia y el ser de España, panacea de otras cuestiones vagamente nacionales, triviales, narcisistas?

Creo que todos nos haríamos un favor si tuviéramos presente el legado de esos hombres y mujeres que se han esforzado, cada uno desde su ámbito, por propiciar que las generaciones venideras tuvieran la posibilidad de educarse en la vida y, de esta forma, progresar. No tendrán una estatua ni una calle, pero yo recordaré para siempre que el mejor legado, la mejor suerte de herencia de mis abuelos y mayores ha sido su preocupación para que no perdiéramos jamás de vista qué es lo realmente importante en la vida, lo que ellos han concretado siempre en la necesidad de que creciéramos estudiando, a sabiendas de que así seríamos mejores personas.

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