Curiosidad y emoción

12 Ene

Al menos en una ocasión ya hablé de él. Jacinto Antón es una de las firmas buscadas en la prensa porque transmite en su escritura las dos cualidades del buen periodista: curiosidad y emoción. He vuelto a leer muchas veces el arranque de la espléndida entrevista-reportaje que realizó con motivo de la publicación de El asedio, la novela de Arturo Pérez-Reverte.  Ahora vuelvo a recrearme en ese comienzo, y lamento no haber leído aún la que Antón calificó entonces como “pedazo de novela, de más de setecientas páginas, que se lee casi sin respirar, buenísima, de las que se disfrutan de verdad y quedan en la memoria”. Pero me acuerdo de esta entrevista y de este libro porque ayer por la noche, hojeando la prensa (lo escribo con h, porque más que leer y ejercitar el ojo, lo que hacía era pasar páginas), encontré un titular que detuvo ese hojeo para incitarme a la lectura. “Las ballenas nadan en mi cabeza“, era el titular.

Creo que este texto es una demostración de la capacidad de Jacinto Antón para captar la atención del lector ávido de historias que vayan más allá de la verborrea cansina de  los profesionales del chantaje disfrazados con capuchas del Ku Klux Klan o del desaire al fútbol español en ese premio apadrinado por una organización tan transparente y ecuánime como la FIFA; es decir, de lo que en este comienzo de año ocupa el espacio informativo. Jacinto Antón se refiere al libro Leviatán o la ballena, de Philip Hoare, un tipo que atesora  experiencias personales alejadas (digámoslo así) de una vida común. Un ejemplo destacado por el periodista: “Hoare también ha nadado, a la vez horrorizado y asombrado, entre cetáceos y en una prodigiosa ocasión tomó entre sus manos el pene de una ballena enana (!)”.

De pronto, como si se tratara de un fogonazo, uno aprende que las ballenas tienen una relación mucho más directa con nosotros de lo que jamás habíamos sospechado. “El telescopio Hubble, allá arriba, funciona porque está lubricado con grasa de ballena que no se congela”, explica el autor de Leviatán o la ballena. Y de ahí pasamos al libro donde este cetáceo ha cobrado rango de protagonista, Moby Dick, “un nuevo tipo de obra con especulación, aventura y metafísica”.

La curiosidad me conmina a querer leer, a la vez, El asedio, Leviatán o la ballena y Moby Dick. De esta última obra guardo el recuerdo lejano de una edición, pequeña y de tapas amarillas (creo), que siempre naufragó por las estanterías de la casa de Lora, pero que nunca leí. Antes debería acabar Conversación en La Catedral y Vida y destino, y también tengo que rematar varios libros de Tony Judt, y me gustaría comenzar Los adioses de Onetti, y la Historia del jazz de Ted Gioia, y releer Historias de Nueva York o Ventanas de Manhattan con vistas a un próximo viaje… Por cierto, también me esperan las últimas crónicas de Jacinto Antón, que he ido leyendo aleatoriamente, recopiladas en Pilotos, caimanes y otras aventuras extraordinarias.

2011, otro año por delante de lecturas que no tienen por qué ser novedades editoriales (aunque se anuncia nuevo libro de Javier Marías, por ejemplo).

Me acuerdo de Antonio Muñoz Molina (cuya obra, cómo no, tendría que revisar) y su apuesta por alumbrar lo valioso: “Fortalecer prejuicios, navegar con la corriente, dar más al que ya lo tiene todo, disfrazar el conformismo de disidencia, la corruptela de integridad, son vicios comunes en culturas poco ventiladas: contra ellos, no hay más antídoto que un ejercicio permanente del juicio personal alumbrado por un periodismo que ofrezca conocimiento y trasmita observación serena y crítica, curiosidad y entusiasmo. En los periódicos hay cada vez más miedo a lo minoritario, a lo difícil, a lo que no es última moda. Pero yo veo exposiciones llenas de un público fervoroso y salas de conciertos en los que no queda un asiento libre, y personas de cualquier edad que leen en el metro obras excelentes de literatura: minorías inmensas que piden y agradecen y no siempre reciben un periodismo volcado a la revelación de lo mejor, al gran debate informado y libre sin el cual no hay cultura democrática”.

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