El ejemplo Álex de la Iglesia

25 Ene

Me asombra que haya gente que sostenga ufana: “Yo pienso lo mismo desde que tenía 16 años”. Una mañana de estas navidades pasadas, desperté de una de las noches de excesos con Fernando Savater, que estaba en La 2 disertando sobre la filosofía, la educación y otras cuestiones mundanas. Dijo una cosa que luego he repetido muchas veces, a fuerza de memorizarlo para siempre: la educación es nacer por segunda vez, otra oportunidad, quizás, de corregir el rumbo. Es combatir la soberbia de expresiones como “yo pienso lo mismo desde que tenía 16 años”. Como es sabido, Savater es una persona que reconoce luchar para que la edad no le vuelva puritano. También es un firme defensor de desconfiar de los teóricos y de mojarse en la práctica. “La filosofía es una cosa que se practica”, advierte, “si la gente se reuniera los sábados por la noche para hablar sobre bailar en vez de irse a bailar, se aburriría mucho”.

Desconozco si Fernando Savater habrá creado escuela. Si fuera así, creo que Álex de la Iglesia sería uno de sus alumnos aventajados.

Álex de la Iglesia y la ministra González-Sinde

Es un tipo que ha demostrado, en dos años al frente de la Academia de Cine, que es capaz de desempeñar con esmero su trabajo sin tenerse por alguien importante. Ya lo dijo en aquel brillante discurso de los Premios Goya: “No somos tan importantes“. Este martes que sigue al anuncio del pacto entre PSOE, PP y CiU para reflotar la Ley Sinde, en cuyo consenso tanto se ha implicado, ha anunciado que deja el cargo. Lo ha anunciado siendo fiel a su estilo:

“Nadie estaba a favor del todo gratis, estaban de acuerdo en reconocer los derechos (y obligaciones) del autor frente a su obra, y a todos les parecía correcto buscar una manera ágil y eficaz de hacerlo. Yo, por mi parte, reconocí que el modelo de mercado necesitaba ser ampliado y corregido, que la oferta legal no era suficiente, y que compartir archivos con libertad era algo inamovible y deseado por todos”. De paso, ha advertido de un peligro que enfanga cualquier posibilidad de entendimiento: “En este país cambiar de opinión es el mayor de los pecados. Creo que tenemos instalado el chip de la intransigencia desde hace tiempo”.

Como estoy seguro de que Álex de la Iglesia acepta las críticas de buen grado, estoy convencido también de que ya ha perdonado (o fingirá no haberlo visto) a aquellos lumbreras que insistentemente querían dar prueba de su lucidez descalificando su trabajo para aunar posiciones en torno a la defensa de los derechos de autor y la libertad de internet. Pero no perdamos el tiempo en aquellos que le acusaron de trabajar a las órdenes de la ministra o que le situaban directamente como el mayor benefactor de las subvenciones al cine, el cabecilla del lobby.

Abandonar la presidencia de la Academia de Cine, en fin, tampoco es tan trascendente. No parece tan divertido. Desde luego, lo es mucho menos que ser director de cine. Ojalá que el ejemplo de Álex de la Iglesia, incluyendo los errores cometidos y que tan humildemente ha ido reconociendo, impregne a todo cargo público que entiende que su principal objetivo es mantenerse en la poltrona del poder. 

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