Los enmascarados

31 Ene

[Publicado en La RADIO de papel, febrero]

Cada hombre se erige su estatua y juzga el mundo desde su piedra inmortal de espuma, dejó escrito en 1941 Max Aub en sus diarios de exilio. La verdad de cada uno se convierte en una realidad tan lacerante que no deja espacio para la duda. De ahí que el debate razonado sea sustituido en tantas ocasiones bien  por la caricaturización doliente del que se intuye como adversario, bien por el insulto a secas. En esto reparaba Elvira Lindo tras ser acusada de escribir un artículo sobre la ley antitabaco al dictado de “quien le paga”. “No sé si se refería a El  País, al partido socialista o a los dos”, ironizaba la escritora. Todo lo que decía, y que yo suscribo a pesar de advertir también cierta manía rigorista e intransigente (caso de la prohibición del burka, por poner otro ejemplo), es que la regulación antihumo acabará prosperando aunque sólo sea porque nos iguala a otros países europeos. Pero siempre hay un “avispado” dispuesto a tumbar tus planteamientos de inicio. “La mente de los mezquinos”, continuaba Lindo, “trabaja de esta manera, pensando que el que piensa lo contrario no lo hace honradamente, sino por razones espurias”. No hay escapatoria ante los “clasificadores ideológicos”, que son algo así como los enmascarados del siglo XXI: no dudan, no vacilan, todo su desempeño consiste en derribar cualquier disidencia. Como expresaba Lindo, qué poca capacidad de ser honestos e inteligentes les concedemos a quienes no piensan como nosotros.

La parte más sobresaliente del soberbio discurso del presidente Obama tras el tiroteo de Tucson es la que reclamaba a los estadounidenses un esfuerzo para “escucharse con más cuidado”. Justo lo contrario ocurre con los enmascarados de nuestro tiempo, empeñados en reducir el debate de la ley antitabaco al espíritu revanchista de la ministra dolida por aquel comentario inocente de los morritos  o en simplificar la ley Sinde en la defensa de los privilegios de esos artistas vagos y untados de subvenciones; o a la inversa, recurriendo a análisis draconianos de los fumadores casi como los únicos culpables del cambio climático o de los usuarios de Internet como piratas expoliadores del patrimonio nacional. La cuestión es convertir en inservible cualquier argumento discrepante. Además, siempre habrá un pasado, una amistad o un familiar que invalide la capacidad del otro para tener criterio propio. No olvidemos que, como recuerda Enric González para el conflicto entre Israel y Palestina, la calidad de una democracia se mide por su capacidad de integrar o al menos soportar la disidencia. Tal vez algún día podamos decir aquello de yo no tengo enemigos porque sólo discuto sobre las ideas.

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Nota para este blog: Tras darle a la tecla de enviar, encontré archivado un artículo firmado por Javier Cercas que creo que merece ser señalado como inspirador de estas líneas. Concretamente un párrafo que yo resumo: “Vargas Llosa es un liberal de verdad: nunca confunde un error intelectual con un error moral; es decir, nunca ataca a las personas sino a las ideas de las personas -nunca considera que un hombre equivocado es un hombre inmoral-; y, cuando ataca las ideas, nunca lo hace caricaturizándolas, es decir debilitándolas, lo que en un pensador es síntoma de intolerancia y de impotencia, cuando no de vileza, sino exponiéndolas con la máxima fuerza, rigor y nitidez para luego lanzarse a refutarlas en buena lid y en campo abierto. Esto no es de derechas ni de izquierdas, ni reaccionario ni progresista: esto es algo que está mucho antes que todo eso y se llama honestidad y coraje”.

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