Confusa la historia

1 Feb

La Historia determinará las consecuencias de la ola de protestas que recorre el mundo árabe. Es una de las ideas con las que la televisión France 24 titula el discurso de un analista que yo no conozco y que, en directo, comenta el comienzo de la manifestación en la plaza de Tahrir. El poder de los egipcios se mide en la calle, leo en otro momento en ese mismo canal, uno de los que ha conseguido retransmitir sobre la marcha lo que se presupone como “la jornada histórica del pueblo contra la tiranía de Hosni Mubarak”.

Ayer por la noche asistí a un foro sobre política exterior en el que el ex ministro de Asuntos Exteriores Josep Piqué se mostró tajante sobre el porvenir: desde Túnez a Egipto se está viviendo una revolución cuyas consecuencias no somos capaces aún de imaginar, pero que marcará un antes y un después en el devenir de la Historia que equiparó con la caída del Muro de Berlín.

La lectura de la Historia es muy necesaria, a pesar de que no son pocos los historiadores que advierten del riesgo que supone olvidar que, antes de que la Historia esté escrita y se pueda leer, todo lo que ocurre es un presente difuso. La Historia necesita de fechas y de hitos para hacerse entendible, pero mientras el tiempo discurre se llena de saltos adelante y atrás, de incertidumbres más que de certezas, de sobresaltos y de giros inesperados.

Quién sabe si, aparte de consagrarse el uso de las redes sociales estilo Twitter como una herramienta con la que el ciudadano convoca la revolución desafiando al poder, todo el movimiento de protestas desde Túnez a Egipto derivará en una democratización progresiva de Oriente, si tendrá un contagio hacia África, si supondrá el fin de las tiranías hereditarias y de los golpes militares, si marcará el inicio de una mayor prosperidad para estas zonas superpobladas del mundo.

Recuerdo hoy la verdad que Antonio Machado plasmó en sus proverbios y cantares: “(…) Canciones ingenuas/ de un algo que pasa/ y que nunca llega:/ la historia confusa/ y clara la pena”. Esperemos que llegue ese porvenir tan invocado por el pueblo como relegado por las elites políticas, incluyendo aquí a las occidentales.

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Actualizado a las 17.22 horas: “El hombre condenado a la esclavitud se convierte en esclavo por destino, pero no por naturaleza”. Es la conclusión de uno de los monólogos interiores más sobrecogedores de Vida y destino, la milagrosa novela de Vasili Grossman. Había leído mucho sobre este libro, pero todavía no había disfrutado, con la mezcla entre deleite y amargura que llena cada página, de la lectura reposada de esta obra maestra que tiene como trasfondo la Segunda Guerra Mundial. El azar ha querido que hoy, después de dejar aquí algunos apuntes sobre las revueltas en el mundo árabe,  abriera el libro y leyera esas páginas que guardan una verdad con una lectura tan actual:

¿Sufre la naturaleza del hombre una mutación dentro del caldero de la violencia totalitaria? ¿Pierde el hombre su deseo inherente a ser libre? Esta respuesta encierra el destino de la humanidad y el destino del Estado totalitario (…) La inmutabilidad de la aspiración del hombre a la libertad es la condena del Estado totalitario. He aquí que las grandes insurrecciones en el gueto de Varsovia, en Treblinka y Sobibor, el gran movimiento partisano que inflamó decenas de países subyugados por Hitler, las insurrecciones postestalinistas en Berlín en 1953 o en Hungría en 1956, los levantamientos que estallaron en los campos de Siberia y Extremo Oriente tras la muerte de Stalin, los disturbios en Polonia, los movimientos estudiantiles de protesta contra la represión del derecho de opinión que se extendió por muchas ciudades, las huelgas en numerosas fábricas, todo ello demostró que el instinto de libertad en el hombre es invencible. Había sido reprimido, pero existía. El hombre condenado a la esclavitud se convierte en esclavo por destino, pero no por naturaleza (…) El hombre no renuncia a la libertad por propia voluntad. En esta conclusión se halla la luz de nuestros tiempos, la luz del futuro”.


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