La boina

9 Feb

Con el mismo asombro que veía el pasado sábado Smoke, una película que, con guión de Paul Auster, recrea las vidas errantes de varios neoyorquinos que tienen en común un estanco de Brooklyn y el gusto por el fumeteo, me veo a mí mismo acudiendo a la web del Ayuntamiento de Madrid para ver los índices de contaminación que hacen de la boina algo tan intrínseco a la capital como el bocadillo de calamares, no vaya a ser que me dé algo malo en alguna acera.

Me acordaba de Smoke, rodada en 1995, porque ya entonces asomaba la reacción malhumorada de los fumadores que intuían la amenaza de que se les prohibiera exhalar humo en espacios cerrados y públicos. Algunos de los argumentos para fumar donde a uno le plazca suenan ahora, con el paso del tiempo, tan peregrinos como los argumentos que escucho en boca de los políticos, con los alcaldes Gallardón y Hereu al frente, para desdecirse de sus propias promesas encaminadas a regular (algo) el tráfico en Madrid y en Barcelona. Dicen que el aire de hoy, a pesar de las alertas por el exceso de dióxido de nitrógeno en el ambiente, es el mismo que hace diez años. Que no hay razón para tanta protesta teniendo en cuenta, según Gallardón, que hay más de cuatro millones de parados (?).

Calle de Ríos Rosas en hora punta/ @luismcarrasco

Si no se lucha contra la contaminación es porque conllevaría males mayores. Algunos sevillanos se quejan de la regulación del tráfico en su ciudad no tanto porque el sistema de cámaras que regula la entrada y salida de los vehículos sea deficiente, sino porque no ven la forma de seguir manteniendo aquella añeja tradición de recoger a la señora en coche una vez acabadas las compras, reduciendo su comodidad.

Restringir el tráfico perjudica al comercio, dicen. Cada vez que se acercan las fechas señaladas para el consumo impulsivo no me puedo resistir a participar de la ceremonia (uno es humano, bastante que me resisto a rituales como llevar en la boca un cigarrillo) de acudir raudo al centro de Madrid, que es como decir al centro de la humanidad. Somos tantos concentrados en unas cuentas calles, queriendo comprar y queriendo vender, que se difuminan las barreras entre acera y asfalto, entre hombre y máquina. Pero allí siguen los taxis y los autobuses y los coches particulares compitiendo por acceder al centro. Que nadie se atreva a limitar nuestras tradiciones.

Lo peor es que los ciudadanos creemos que reducir la contaminación es sólo una cuestión de falta de decisión política, y no un reflejo de la falta generalizada de civismo. Así podemos seguir, mirándonos unos a otros, instalados en un bucle melancólico. Como si toda reacción del alcalde de Madrid fuera constatar que el problema de Madrid es que tiene demasiada tierra española a su alrededor, y que con tanta presión no puede uno respirar.

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Una respuesta to “La boina”

  1. facebook 18 febrero 2011 a 9:27 #

    i love it

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