El dolor ajeno

24 Feb

La mirada se va involuntariamente, asustadiza, al cuadro de grandes dimensiones que cuelga de la nave central de la antigua Iglesia del Real Hospital de San Andrés de los Flamencos, actualmente sede de la Fundación Carlos de Amberes. Los únicos bancos de las salas están dispuestos para que descansen las piernas mientras se contempla El martirio de San Andrés, una obra de Rubens fechada entre 1636 y 1639. Esta pintura tiene un efecto de contraste con las fotografías que cuelgan de las paredes, realizadas por André Kertész, y que reflejan con extremada delicadeza las vidas cotidianas de tantas personas que vivieron un siglo atravesado por dos guerras mundiales.

Entrada a la Fundación Carlos de Amberes

Tanto en El martirio de San Andrés como en las fotografías de Kertész se refleja el dolor, pero uno consigue un mayor grado de identificación con los soldados hastiados, los niños harapientos, los gitanillos, los músicos callejeros y los vagabundos del fotógrafo húngaro. No son tan diferentes de mí, aunque la fotografía en blanco y negro parezcan transportar esos rostros a un tiempo remoto. Podrían ser perfectamente los rostros de los personajes que Vasili Grossman inmortaliza en Vida y destino, con ese presente atenazado por la guerra y por el deseo de suplantar cualquier individualidad de un Estado fascista alemán sólo equiparable en su totalitarismo al Estado soviético.

Cartier-Bresson dijo de Kertész: “Inventemos lo que inventemos, Kertész siempre fue el pionero”. Quizás fue por una cuestión tan azarosa como la edad -nadie elige cuándo nace-, pero está documentado que este pionero de la fotografía que vivió el siglo XX fue precursor de un estilo (aunque él renegara de esto) que continuó nombres tan célebres como Robert Capa, a quien llevó a París, la ciudad en la Kertész descubrió a una compañera inseparable de la fotografía: “Escribo con la luz y la luz de París es mi compañera”.

De familia judía, huyó del nazismo y pasó de Hungría a Francia, y de aquí a Estados Unidos. En Nueva York vivió con su mujer, Elisabeth Sali, a la que sobrevivió sumido en una profunda depresión, convencido de que su trabajo no merecía un mayor reconocimiento. En las paredes de la sala de exposiciones están escritas unas palabras de Kertész: “Ser fiel a mí mismo. Nunca me he esforzado en llegar a un estilo particular o un método complejo. Simplemente he sacado foto de las cosas según éstas me afectaban. Se necesita ser de una determinada manera para poder hacer eso”.

En esa fidelidad a sí mismo, se me ocurre, estuvo su capacidad para superar el dolor; o para no recrearse en el dolor y, más bien, ser capaz de captar la desorientación tan común en el hombre. Incluyendo la superación de su dolor personal y sin excluir sus aportaciones a las vanguardias, por ejemplo con las célebres fotografías distorsionadas.

Me parece que muchas de las personas que aparecen en sus fotos, desde los artistas parisinos que, como él, tenían un motivo para huir de sus países de origen hasta la madre que da el pecho a su bebé o los músicos que deambulan por las calles de las grandes ciudades, aparecen con una dignidad que escapa de la artificialidad del heroísmo o del patriotismo tan invocado en el tiempo que les tocó vivir.

Antonio Muñoz Molina dice que la fotografía, inventada tan tarde, resulta un arte más primitivo porque ahonda en lo más sagrado: “Se ocupa de invocar la existencia humana, el misterio de la identidad, lo que queda revelado o permanece indescifrable en unos ojos abiertos”.

 

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