Campo de las Naciones

22 Mar

La primavera se presenta con un fin de semana, el pasado, lleno de luz y también de reencuentro con las alergias. El viernes en el parque del Canal de Isabel II y el sábado en el Campo de las Naciones vienen a la memoria las palabras de Jorge Guillén: “El sol devuelve siempre la confianza en la vida”. En días dominados por los mensajes apocalípticos que anuncian alertas nucleares y guerras en el Mediterráneo, se hacen apetecibles las largas caminatas con la cámara de fotos en ristre, como un aficionado que prueba variaciones en la apertura y en la velocidad. Los abuelitos que cantara Sabina al sol, al igual que los chavales erasmus que se desprenden de ropas para coger algo de color y poder lucir cuando llegue la noche; parques, en fin, repletos de gentes de todas las nacionalidades que hacen deporte y familias enteras que empujan los carritos de los niños pequeños, y que tienen que volver sobre sus pasos al ser preguntados si es suya una prenda de vestir que ha caído al suelo. “Es la del bebé, corre y ve”, ordena una señora a su marido.

El sol devuelve la confianza en la vida y también una tregua en las prisas. Hay tiempo para guardar el turno y alquilar una bicicleta. Nosotros nos animamos y probamos con un tándem, una de esas bicicletas que alinean sillines y pedales y que permiten, en el caso de caída, que tengas dos por el precio de una. Mantenemos el equilibrio, no obstante, y una hora después devolvemos el artefacto. Será el turno de otros, que recogen el testigo ansiosos. Más gente que vuela cometas, que improvisa porterías y juega al fútbol, que lee apaciblemente tumbado en el césped, que dispone la comida en una manta sobre el suelo o que pasea a los perros.

Al dejar el tándem, un niño con ojos grises, transparentes, el pelo terminado en cresta, sin camiseta, se dirige a nosotros: “Necesito ayuda”. Se le ha salido la cadena de su bicicleta. No sé cuánto tiempo haría que no me manchaba las manos de grasa, pero esta mañana, en el Campo de las Naciones, es la segunda vez en un margen escaso de media hora: primero nos quedamos en una cuesta pedaleando sobre el terreno -ciertamente, la bicicleta aquella estaba algo destartalada como consecuencia, supongo, del uso continuado de la misma- y, ahora, al ayudar a este niño que se va derrapando hábilmente después de agradecernos, aunque llegara a dudar de nuestra capacidad, que le reparáramos el engranaje de su bicicleta. “Bueno, ya hemos hecho la obra caritativa del día”, bromeamos antes de buscar un lavabo público para limpiarnos las manos.

Esto de día. De noche, durante el fin de semana preludio de la primavera se pudo contemplar la luna llena más grande en décadas. No quedaban dudas, por tanto, de que sería entonces cuando naciera el nuevo miembro de la familia.

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