El libertador de libros

25 Mar

Creo que es la primera vez que tengo un conocimiento tan cercano de la odisea que conlleva que un libro de un autor novel tenga cierta visibilidad en una librería. Lo cuenta Antonio J. Cuevas en su blog a propósito de su reciente novela (que se presenta mañana en Madrid, por lo que dejo aquí la referencia) El caso del hada falsamente ahogada. En sucesivas entradas, el autor, que ha llegado a reconocer que se sentía “un poco desinflado“, ha ido explicando la vida y milagros que rodea al lanzamiento de un libro que no trae adherido el viento de cola del marketing y de la publicidad, sin que queramos decir que no merezcan dicha bendición firmas como Javier Marías o Ian McEwan, por decir dos nombres propios con novelas recientes.  

La cuestión es que el relato de la búsqueda de su novela en grandes almacenes como Fnac o La Casa del Libro ha dado pie a una serie de enriquecedores comentarios sobre qué hacer para que tu libro gane presencia en las librerías. Antonio J. Cuevas ha destacado uno, el de una antigua vendedora en una librería: “Importan las dos primeras semanas, si se vende el libro (aunque sean sólo dos ejemplares) se encargan más y si se venden otros cuatro, se colocan mejor (…) Que todos los amigos lo encarguen en masa y sobre todo que lo compren en las dos primeras semanas. Cada semana sale un informe de ventas y se piden más ejemplares o se devuelven en función de ese informe”.

Antonio ha explicado que él mismo se ha encargado de sacar su novela, que se encontraba excluida en una estantería poco transitada, a una mesa del Fnac de Callao. De esta forma, otra persona ha encontrado el motivo de por qué en dicho centro comercial, cuando fue a comprar su ejemplar, El caso del hada falsamente ahogada no apareciera en su estantería. “La chica me dijo que estaba en la C de Cuevas, pero no lo encontré”, comenta este lector en el blog de Antonio J. Cuevas, y continúa: “La chica se volvió loca buscándolo, porque insistía en que le figuraban dos y le parecía rarísimo que se hubieran vendido el mismo día, hasta que al final, por casualidad, lo encontró, efectivamente, en uno de los expositores de libros destacados, y dijo: “Eso es que alguien no lo ha devuelto a su sitio…”. Curiosamente, el autor de la novela casi consigue perjudicarse al rescatar un ejemplar de la estantería e incitar a la venta…

Leyendo las entradas del blog y los comentarios me he acordado de un artículo que leí en alguna parte sobre este tema. Después de buscar en Google, he caído en que realmente buscaba algo que había leído en algún libro tiempo atrás. ¿Pero cuál? Anoche no di con él, pero esta mañana sí. Se trata de una de las “aventuras extraordinarias” recopiladas por Jacinto Antón en su delirante Pilotos, caimanes y otras aventuras extraordinarias. El artículo al que me refiero estaba marcado con lápiz en el índice, un acierto porque sirve para advertirme luego de que en alguna ocasión aquello me interesó. Página 228, se titula “El raptor de libros. Una confesión”, y fue publicado originariamente en El País del 30 de diciembre de 2006 1996.

Lo siento, he buscado y buscado (incluso en el archivo histórico del periódico), y no he encontrado un enlace a este artículo, así que tendré que resumirlo aquí, espero que sin destriparlo demasiado. La cuestión es que Jacinto Antón da cuenta de cómo sus problemas de liquidez le llevaron a deambular por las librerías de Barcelona con el objetivo secreto, pero decidido, de esconder aquellos libros que querría comprar más tarde, cuando tuviera dinero. “Mi libro era como un pecio cargado de tesoros cuyo plano para rescatarlo sólo yo poseía”, detalla. La cosa se truncó cuando constató que cada vez que compraba un libro “contribuía decididamente a su difusión, pues la librería encargaba otros ejemplares” por lo que, ya será por fetichismo o por alguna rareza de la que, por otra parte, Antón no tiene problema de hacer gala a lo largo de su libro, empezó a mosquearse cuando aquellos ejemplares amados secretamente “florecían en las librerías como regados por una lluvia tropical”.

Así fue como Jacinto Antón se convirtió (supongo que no buscó un disfraz para ello) en “El Secuestrador”. “Si podía esconder los libros para adquirirlos luego”, reflexiona, “¿por qué no ocultarlos para siempre?”. No duden de que todo se puede complicar mucho más si, como le ocurrió a “El Secuestrador” Antón, un día encuentras que hay “otra mano que no es la tuya” y que rivaliza en tu arte de esconder libros…

Tras advertir del riesgo que corre todo libro espero, no obstante, que El caso del hada falsamente ahogada, en el supuesto de sufrir un rapto, lo sea por lectores generosos que liberen a esta novela de las estanterías y mesas de las librerías para darle una vida nueva en sus respectivas casas. Para dar ejemplo, esta misma tarde pienso adquirir mi ejemplar o, en su defecto, encargarlo.

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Una respuesta to “El libertador de libros”

  1. zeroneuronas 25 marzo 2011 a 15:37 #

    Siempre me gusta leerte, pero esta entrada me ha encantado, por motivos obvios, je, je.
    En fin, gracias por tu colaboración y a ver cómo se porta la novela entre el público.

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