El Palacio de Cibeles y ‘el 14’

8 Abr

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Existe una atmósfera de provisionalidad en la recién estrenada área cultural, por ahí he leído que suma 30.000 metros cuadrados, del Palacio de Cibeles, sede al Ayuntamiento de Madrid. A pesar del absurdo nombre que le han dado, CentroCentro, resulta gratificante encontrarse con un espacio amplio, silencioso, multifuncional en pleno corazón de la ciudad.

No voy a detallar ahora las características del edificio. Lo que más me ha gustado es encontrar un lugar pensado para que los ciudadanos, turistas o no, puedan disfrutar de la oferta cultural o de unas vistas ciertamente extraordinarias y, sobre todo, que puedan sentarse. Sentarse cómodamente; tanto, que la invitación a la lectura es casi irrechazable. Por allí hay abundante prensa, la española y la internacional, y revistas y libros de moda, diseño, fotografía.

Esto era lo que quería decir. Pero como quiera que en este blog a veces cuento lo que me pasa, debería decir que la agradable hospitalidad del Palacio de Cibeles, que visité en el mediodía del jueves, tuvo su contrapunto al salir del mismo. Calculando la hora para comenzar mi jornada laboral, me dispuse a esperar en la parada correspondiente a la línea 14 de los autobuses de la Empresa Municipal de Transportes (EMT).

Mira que dudé si ir en metro o en autobús. Pero vi llegar el 14 y me decidí a cogerlo. Junto a mí,  en la marquesina, un matrimonio de turistas asiáticos que, como yo, acababan de salir del  edificio recientemente estrenado, situado a escasos metros, en la misma Plaza de Cibeles. El conductor del autobús, ciertamente, venía mostrando con el uso reiterado y molesto del claxon su malestar por que varios coches y motos habían ocupado el lateral reservado para “bus y taxi”. Un fastidio.

A nuestra altura, levanté mi brazo (señal para que se pare) y el conductor, caballero de barbas y gafas de sol, gesto torcido, aficionado a los aspavientos, me recibió amablemente: “¿Qué pasa? ¿Qué no has visto que ya había abierto antes la puerta?”. “Pues no, no lo había visto”, me limité a contestar mientras pagaba mi billete. El fulano, que como cualquier español podía tener un mal día, elevó  el tono (ese 14 tenía una pantalla de plástico duro, ahora sospecho que con el doble uso de proteger al cliente de las embestidas del chófer) para mostrar su queja por la falta de “sentido común” de los usuarios del transporte público.

Creo que sin malos modos (todavía), yo le intenté explicar que el sentido común es muy necesario en según qué casos, pero que para el desempeño de su trabajo él lo que tenía que hacer era limitarse a cumplir la normativa de la EMT, su empresa. “Usted ha parado varios metros antes de la parada, yo no he visto que abriera la puerta, pero aún así, tiene que parar si existen usuarios que se quieran subir al bus”, fueron más o menos mis palabras. Lo que sí fue literal fue la siguiente coletilla: “Así que limítase a hacer su trabajo, por favor”.

El resuelto conductor soltó algún “estúpido” y cosas  por el estilo. A esas alturas, el matrimonio de asiáticos había decidido que era mejor subirse a otro autobús,  o ir andando a donde fueran, o volverse al silencio acogedor del Palacio Cibeles (CentroCentro, según el Ayuntamiento). Visto que ya estaba en mi asiento, a mitad del autobús, y que seguía oyendo los improperios del guardián del transporte por tamaña ofensa de obligarle a parar dos veces, una de ellas en la misma marquesina donde la normativa dice que se deben realizar todas las subidas y bajadas de los clientes, regresé a los dominios del lobo para preguntarle si tenía una hoja de reclamaciones.

“Claro que sí, ¿cuántas quieres?”. “Con una me basta”,  respondí. Paró el autobús de mala manera. Al parecer yo tenía que darle antes mi DNI. Se lo di. Lo que sigue es la suma del esperpento allí vivido. Mientras se tomaba su tiempo,  regalándome en todo momento observaciones profundas del tipo “luego queréis subiros por donde os sale de los huevos y os molestáis si os decimos que no”, un señor me recriminó que yo, que decía él tenía mucho tiempo libre, “como todos los jóvenes de hoy en día que solo hacen dar por culo” (poco después se celebraba una manifestación de Jóvenes Sin Futuro, lo que obligó a cortar varias calles de Madrid), estuviera ralentizando el normal funcionamiento del 14.

El señor se bajó del  bus, pero llegó otra señora. “Joder, que algunos nos levantamos a las seis de la mañana para ir a trabajar…”.  Allí ya no había más opción que tomar bando: otra señora se levantó y observó que el “chiquito” (se refería a mí) tenía razón. “¿Usted se cree que es la única que aún trabaja en este país?”, añadió alguien. Yo casi suelto una lágrima por las muestras de apoyo, pero me contuve. No obstatante, la señora, que debía tener mucha prisa, rasgo característico del madrileño, no se amilanó y espetó a viva voz: “Pues ahora yo le voy a dar mi DNI al señor conductor”.  No me pregunten para qué,  supongo que para constar como testigo en el caso de que la escena derivara en un juicio. Craso error. Los que quedaban entonces por elegir bando, se unieron a mí, ya que el conductor tuvo que frenar de nuevo para tomarle los datos a la señora. Las protestas fueron varias: “¿Y ahora no tiene prisa?”,  “la gente es que es tonta, cuanto más años, peor”, “¿pero usted para que se tiene que meter?”.

La verdad es que sentí algo de pena por la señora, pero ella misma se encargó de evitar cualquier entente cordiale. “¡¡Es que no tienes razón y punto!! ¡¡Por tu culpa estamos aquí parados!!”. Me lo decía a mí, señalándome con el dedo, visiblemente enrojecida por la irritación. La furia se había desatado. Improvisé una respuesta: “Pues mire que lo siento, supongo que por esto mismo viajan en avión los eurodiputados”.

No se rio nadie.

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