Danza siniestra

4 Ago

[La Radio de papel, agosto]

Hay quien sostiene que cuando viajas de lo que más se aprende es del sitio en el que vives. Necesitas comparar con algo para tomar medida de lo que ves por primera vez. También hay quien señala el riesgo que persiste al edulcorar nuestra mirada al modo de los viajeros románticos: cualquier otro lugar, por exótico que parezca, será insospechadamente mejor que el pueblo o la ciudad en el que habitas. Nueva York, tal y como te han dicho o has leído previamente, te da una lección.

Una recién casada (?) camina por las calles de Nueva York

Si sabes mirar, ves a la vuelta de cada esquina una representación del mundo, tan cambiante y complejo como inabarcable. Ciudadanos y gentes de paso, llegadas de todas partes del mundo, que cada día se repiten ese principio básico de respetar la libertad del otro porque sólo así se garantiza la convivencia, que luego te respeten a ti. Pero ves también la dureza y la fealdad intrínseca a una ciudad de más de ocho millones de personas que, milagrosamente, guarda la apariencia de cierto orden. Todo está en su sitio, dispuesto para que funcione. Las mismas aceras de la tercera con la 55 por las que llegaste al PJ Clark’s, verdadero templo de la hamburguesa (sin que desmerezcan otros manjares como su tarta de queso), te despiden con el estómago saciado y algo embriagado, lo que no impide que te des de bruces, entrada la noche, con los restos de lo que se supone es la civilización: toneladas de bolsas de basura, desafiantes al paso del peatón, amontonadas de cualquier forma delante de los restaurantes y de los hoteles y de cualquier rascacielos, a la espera de que los camiones de la basura lleguen con su orquesta de ruidos y recojan los desechos de la jornada. Por algún lado se tiene que aliviar la ciudad de un consumo tan desaforado, casi febril, verdadero motor de la economía de EEUU.

Podríamos pensar que se trata de otro mundo, pero no. Es un mundo con muchas similitudes al nuestro. En el litoral gaditano, poco después del viaje a Nueva York, nos encontramos en las aceras de muchos pueblos e incluso en la misma línea de las playas con un reguero de restos de bolsas de plástico, latas y botellas vacías de cervezas o refrescos, envoltorios de todo tipo de alimentos (casi siempre ricos en grasas saturadas), envases de zumos o propaganda con mensajes del estilo compro oro o trae tu nómina a tal banco. Digno de un estudio de mercado sobre los gustos y preferencias de los ciudadanos, tan empeñados en dejar su huella en el paisaje y en la vía pública aun afeando la extraordinaria biodiversidad de estas costas andaluzas. Si el viento de Levante dice aquí estoy yo, algo nada infrecuente por estas latitudes, toda esa basura acumulada se hace con la calle en lo más parecido a una danza siniestra, formando círculos primero a ras de suelo y después elevándose por encima de nuestras cabezas. Vete tú a saber por qué esas porquerías no terminaron en alguna de las papeleras o, a diferencia de Nueva York, en los contenedores que se ven por las calles. Muy olvidado tiene que tener aquella vieja enseñanza de no es más limpio quien más limpia sino el que menos ensucia esa madre que camina por un paseo marítimo del mismo pueblo de Cádiz que te sienta a la mesa de un restaurante como El Campero, capaz de enfrentar sus manjares a los de cualquier parte del mundo, incluyendo el PJ Clark’s antes citado, y que abre una de esas bolas de plástico transparente que se sacan de las máquinas expendedoras por un euro, entrega a su retoño el juguetito que va dentro y, acto seguido, sin miramiento ninguno, arroja pasmosamente esa bola de plástico a la arena de la playa. Para que lo recoja otro o se lo trague el mar, qué más da; ese océano que fue puente entre el nuevo y el viejo mundo, testigo de tantos siglos de lo tenido por civilización.

Pero no dudaría en firmar que cada año podamos, como hemos hecho éste, pasar unos días en Nueva York y luego en las playas de Cádiz.

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