Verano 2011

8 Ago

La llegada al aeropuerto JF Kennedy y el traslado en limusina hasta el hotel; la puesta de sol, acompañados por mis padres, desde un chiringuito de la playa de Zahora; toda una mañana para pasar las sucesivas colas que dan acceso al Empire State, y las vistas de Manhattan y más allá desde la planta 86; despertarte en la costa de Cádiz y leer la prensa mientras desayunamos en la terraza a base de pan con tomate, café y zumos; despertarte, pero en Nueva York, y poder desayunar a base de muffins de pan; hacer nuevas amistades con la gente que comparte el mismo viaje que nosotros; compartir en la playa un arroz casero con unos amigos de los de toda la vida, regado con un vino descorchado para la ocasión; el viaje de regreso en avión, la llegada a Barajas, y las ganas de volver a Lora para ver de nuevo a la familia, los amigos… los sobrinos, que esperan sus regalos; (…) el placer de perder el tiempo en Central Park; comer el pescado fresco que tu padre ha comprado esa mañana y que ha cocinado siguiendo su ritual; toda una mañana caminando para seguir caminando y llegar al puente de Brooklyn y que, justo cuando comiences a cruzarlo, tengas que ponerte a correr por culpa de un aguacero; tapear cualquier variante del atún, o de otras delicias del mar, en El Campero (incluso saludar a Arcadi Espada, en su versión de experto gastronómico); comerte una hamburguesa en el PJ Clark’s, donde hay que probar la tarta de queso o, si se tercia, puedes cerrar la velada con un Gin Tonic; un día de nevera y sombrilla (¡de una sombrilla!) con unos amigos en la playa de Bolonia; hacerte la foto de rigor, y dos, tres, cuatro… muchas fotos, en Times Square, frente a la Casa Blanca o el Congreso, con las cataratas del Niágara o con la torre de Toronto al fondo; otra puesta de sol, otra vez en Zahora, compartiendo unas cervezas con unos amigos; pasear al atardecer por Higth Line Park o, lo que es lo mismo, pasear entre los edificios del Village y Chelsea, con el Hudson a nuestra izquierda; leer de nuevo El guardián entre el centeno, en la playa del Carmen, a última hora de la tarde; dormirte de puro cansancio con el ruido de fondo de las sirenas de la Policía o de los bomberos y despertarte en ese hotel de la octava con la 46 con el ruido de la maquinaria pesada proveniente de las obras de un edificio contiguo;  esperar al anochecer para ver desde la playa los fuegos artificiales con motivo de las fiestas de la Virgen del Carmen o salvar los controles de seguridad y acceder a la orilla del Hudson para ver los fuegos artificiales del 4th de Julio; entenderte en el metro de Nueva York, aunque sea cuando ya te vuelves a España, y cruzar Manhattan y Brooklyn para pasear descalzos por la arena de Coney Island; las risas compartidas con los amigos en la cena de cada verano en la azotea; el jardín del MOMA o el Juan de Pareja en el Metropolitan; llevar al cine a las sobrinas y pasarlo al menos tan “pitufinamente” (esa es la palabra) como ellas; vivir, ya para siempre, con el sonido que nace de la partitura que nos ha acompañado de un tiempo a esta parte; etcétera. La suma de momentos fugaces del verano de 2011, el que comenzamos con nuestra boda y el que cerramos despidiendo a nuestra chacha, a la que quisimos tanto, aunque no sepamos si de una forma equiparable al cariño y a la atención que siempre, en todo momento, demostró nuestra tía abuela hacia todos nosotros.

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