Lo todavía inseguro

12 Ago

He hecho varios intentos y me resulta complicado explicar aquí la atracción que siento hacia la representación de un paisaje urbano. Me pasa con la fotografía, pero me parece que todavía me gustan más las pinturas de Richard Estes o esos cuadros grandiosos de Antonio López que he visto en su exposición retrospectiva en el Thyssen. (El Thyssen, el mismo museo en el que, por cierto, descubrí el hiperrealismo de Estes). 

Consigo hacerme con un hueco debido a la afluencia de público en este jueves de agosto y me sitúo ante Gran Vía, una de las obras más conocidas de Antonio López. Pintada entre 1974 y 1981, la arteria madrileña, en una primera impresión, aparece desangelada sin la presencia sempiterna de viandantes y de los coches que a todas horas circulan de arriba a bajo. Es curioso que ocupen tanto espacio del cuadro las líneas pintadas en la calzada para regular el tráfico y que, sin embargo, aunque se trate de una hora temprana, no aparezca ningún coche en la famosa arteria.

'Gran Vía', de Antonio López

En el folleto que me han entregado al acceder a la sala, leo que Antonio López “quiere subrayar el anonimato radical de la ciudad contemporánea, su paisaje sin cualidades, el mar de casas que se pierde hasta el horizonte”. Leo que se trata de una constante en la producción del artista nacido en Tomelloso, por su intento de plasmar la “visión pavorosa de un lugar inhumano” que se ha repetido en Madrid desde Torres Blancas o también en la más reciente Madrid desde la torre de bomberos de Vallecas.

Son obras -incluyendo, por ejemplo, sus esculturas de cabezas de niños- expuestas al público tras un largo proceso de maduración, tanto que el propio Antonio López reconoce que él no las termina nunca, en todo caso las abandona. Una contraindicación para este tiempo donde al parecer no tiene prestigio perder el tiempo. (Me acuerdo de Javier Marías y su defensa de la escritura en máquina de escribir, donde teclea y relee para corregir y volver a teclear, a pesar de que amigos y conocidos le imploren que se cambie al ordenador y, de esta forma, no pierda tanto tiempo. “Es que precisamente yo escribo para eso”, suele contestar Marías, “para perder el tiempo”).

Con todo, me extraña leer en el folleto de la exposición que Antonio López “se concentra en la descripción de lo inerte y va aplazando (indefinidamente) el trabajo sobre todo aquello que se mueve (figuras humanas, automóviles, nubes)”. Solo haría falta recurrir al paisaje urbano más anónimo y reproducido, la ciudad de Nueva York, y recordar el rastro de dolor del 11-S para advertir que las ciudades no están exentas de los vaivenes del tiempo, de los caprichos del hombre (la Gran Vía, sin ir más lejos, nació después de una intervención urbanística que arrasó con las calles que le precedían por la urgencia de abrir esta arteria en Madrid), ni tampoco de la demencia fundamentalista de los garantes del terrorismo. Es decir, la ciudad, sus edificios, lejos de ser “inertes” se mueven al menos tanto como esas “figuras humanas, automóviles, nubes”.

“No se terminan nunca”, ha escrito Antonio Muñoz Molina a propósito de las obras de Antonio López, “porque la ambición del arte es atestiguar la realidad visible y tangible del mundo, y esa realidad está cambiando siempre, a cada minuto, es un flujo que no cesa, incluso en las cosas que parecen más sólidas, la firmeza casi mineral de una cabeza humana, los volúmenes de un edificio, el ángulo de una ventana o de una puerta”.

Nada escapa a la categoría de lo todavía inseguro.

Y no me refiero solo, dejando a un lado el arte, a eso que llaman la volatilidad de los mercados. Nuestras pensiones, nuestros ahorros, nuestro trabajo. Cosas que se dan por seguras, como el suministro de medicamentos en las farmacias, ya vemos que están cuestionadas en regiones como Castilla-La Mancha. Me refiero también a la violencia desencadenada en Londres y en otras ciudades de Reino Unido, con muchísimos menores de edad implicados en los destrozos de escaparates y en la quema de contenedores; una ola de vandalismo que ha dejado varios muertos, edificios enteros que formaban parte del paisaje urbano, como los que reconozco tan próximos a mi entorno en las pinturas de Antonio López, y que han sido pasto de las llamas, arrasados por la mezcla explosiva de la marginalidad y la ineducación.

“Todo lo que era sólido desaparece en el aire”. Estremece pensar que esta gran verdad fue escrita en 1848. Más aún si recordamos que se trata de El Manifiesto Comunista, de Karl Marx y Fiedrich Engels. Estremece como el temblor del tiempo.

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