Exaltación del exceso

20 Ago

Quienes buscamos el mes de agosto para trabajar con la complicidad de quien sabe que será un mes de relativa calma tendremos que empezar a cambiar de opinión. Este mes de agosto se percibe una exaltación del exceso, muchas veces violento, que invade casi todas las esferas de la actualidad. Siria, Libia, y el retorno a la guerra abierta entre israelíes y palestinos, el vandalismo en Londres y otras ciudades de Reino Unido, las manifestaciones de estudiantes en Chile y la desaforada respuesta policial. Luego está esa violencia de guante blanco, o de camisa de cuello blanco, que practican algunos profesionales de la especulación jugando con las bolsas mundiales, un trabajo bendecido por el poder político, hasta ahora limitado al papel de tímida comparsa de lo que dictan las pocas manos que mueven los mercados. 

Las máximas figuras de un fútbol español — no sé si comienzo por lo más insustancial– en huelga por la moda del gusto al gasto de algunos clubes ajenos al rigor presupuestario se enfrentan a ida y vuelta en un partido que termina con el entrenador del club más laureado de la pasada centuria metiéndole un dedo en el ojo al segundo entrenador del equipo rival, lo que atiza aún más las llamas del fanatismo, sobre todo en los que quieren seguir viendo al plenipotenciario portugués a algo así como un mesías (no confundir con un messi) que responde, cual justiciero, a las provocaciones previas en lugar de lo que demuestra ser jornada tras jornada, un auténtico macarra.

Las calles de Madrid son un escenario perpetuo de choques entre unos simpatizantes del originario 15M cada vez más centrados en reivindicar la apropiación — la reconquista lo han llegado a llamar, no se sabe si con un guiño impremeditado hacia la España de los Reyes Católicos– de una Puerta del Sol que reclaman puerilmente como suya, frente a mensajes como el de ese exconsejero de la Comunidad de Madrid que propone, por si no hubiera mucha tensión, que las juventudes de su partido salgan a la calle para enfrentarse cual gallitos de pelea con los mal llamados perroflautas.

El Papa aparece en este Madrid en el que esperan miles de peregrinos y el cuerpo a cuerpo que tanto parecían ansiar unos y otros al fin gana consistencia. No es culpa del Papa, claro. Nadie niega a los cristianos su derecho a reunirse, a pesar de que sea muy loable que se critique, incluso desde parte de sus feligreses de base, que tanto boato o tanta ostentación en el despliegue de medios es impropio del mensaje de Jesús. Cibeles y Recoletos y Alcalá y medio parque del Retiro, con vías principales de acceso y salida de la capital se ponen al servicio del fervor religioso, pero tiene que ser en la Puerta del Sol, a la hora donde tiene previsto su paso una manifestación autorizada de organizaciones laicas contrarias al gasto público en la visita del Papa — ojo, no a la visita en sí del Papa– cuando estalle la intolerancia con esas consignas, como siempre, tan originales cuando suenan al unísono. Que si el Papa es tal, que si los del 15M son cual… Todo muy gratificante.

Tampoco ayuda la intermediación de la Policía, a quien la democracia otorga la potestad del uso de la violencia legítima para salvaguardar la ley y el orden, sobre todo por algunos agentes que responden, según atestiguan multitud de vídeos y de testimonios, a las provocaciones y los excesos de unos pocos con algo tan caprichoso y tan poco reglamentario como una bofetada en la cara. (Aquí abro un paréntesis para establecer un paralelismo fácil: los códigos del fútbol contemplan la sanción en caso de que un jugador se extralimite en el uso de la violencia, que es intrínseca a este deporte de contacto; lo que de ninguna manera debe contemplar, ni siquiera en su código disciplinario, es la originalidad de un entrenador que se recorre la banda para atizarle con su dedo en el ojo a un rival, ante el riesgo de que prenda la mecha y que esta mala praxis tenga su réplica otro día). El problema de saltarse alegremente la ley es que un día, quién sabe, puede que uno busque el amparo de la justicia y que se encuentre como toda respuesta con el sonoro vacío de otro tortazo. El matonismo, tan presente en esos agentes retratados en las redes sociales, no tendría entonces vuelta atrás.

A estas alturas, la moderación tampoco se encuentra en las palabras del principal representante de la Iglesia romana cuando viene a reivindicar la “radicalidad evangélica” frente a quienes considera que atacan al cristianismo desde su “relativismo” y su “mediocridad”. O yo me equivoco (me equivoco muchas veces) o se está invitando al equívoco del enaltecimiento del radicalismo que tanto mal hace cuando se muestra, etimológicamente, tal cual es: radicalismo, intransigencia, extremismo, fundamentalismo. No son pocos los que, al amparo de su fe cristiana, apuestan por el camino contrario: por que la Iglesia encare su presente y futuro desde el entendimiento de la fe y la modernidad, aun renunciando a ciertos dogmas impuestos desde el Vaticano.

A lo mejor septiembre devuelve algo de mesura, harto difícil en una sociedad que parece condenada a vivir siempre en el paroxismo. Todo estará perdido cuando sean mayoría los que renuncien a pensar críticamente, cuando no sepamos tomar medida entre los que piden que formemos parte de la masa enfervorizada o los que nos invitan a un individualismo contrario a cualquier conciencia colectiva.

Esta mañana leo un artículo de Fernando Savater, habitualmente tan socorrido, a propósito del empeño de George Orwell en no asumir “la mentalidad reptiliana del amigo-enemigo en el plano social”. “Hay que pensar sin miedo, y si se piensa sin miedo no se puede ser políticamente ortodoxo”, cita a Orwell. “Por supuesto”, defiende el filósofo vasco, “eso lleva a enfrentarse tanto con los partidarios a ultranza de lo establecido como con los ordenancistas de la subversión”.

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