Apuntes del debate

8 Nov

Jamás pensé que cubriendo algo aparentemente tan trascendental como el único cara a cara entre los aspirantes a mandamás iba a compartir tantas risas junto con los colegas de profesión. Fue anoche, en la sala de prensa del Palacio Municipal de Congresos habilitada para los plumillas (había otra para las radios, y otra más para las televisiones). Lo mismo no es más que la confirmación que los periodistas, como todos sabemos, seres extraños y sospechosos, no tenemos solución. 

Pero es que hubo carcajadas ante esos momentos de comicidad del “sí, sí, sí” de Rajoy y el “no, no, no” de Rubalcaba, con otras tantas frases y gestos dignos del club de la comedia: usted no sabe leer, pues usted no oye bien; los deslices-trucos del “Rodríguez Rubalcaba” y de frases mal construidas, a pesar de estar leyendo un papel, tipo “yo lo primero que hará, que haré”; Cazalla y Constantina ahora están en Cádiz; usted me ha dado un “estacazo”, pero con “cariño”; y así.

Hay quien no puede reprimir la risa cuando ve a alguien caerse aparatosamente en la calle, aunque acto seguido se contenga y acuda a ayudar al herido. Una risa con mala conciencia de fondo, este fue exactamente el tipo de reacción que experimenté anoche porque absolutamente nadie puede abstraerse de la partitura sobre la que se ensayaban las diferentes melodías…

La crisis.

Los que defendemos la democracia a pesar de todas sus imperfecciones y de su cada vez más alto grado de complejidad vemos necesario que haya debates televisivos, tanto el cara a cara como a seis, siete o 19 partidos. Pero el drama está en otro nivel distinto a la pregunta de quién me gobernará desde Moncloa los próximos cuatro años. La crisis está corrompiendo la creencia de que la política es la solución. Es decir, se impone el que más da quién cuando estamos todos condenados. Total, que pase el próximo Papandreu.

El drama es el descrédito y la incapacidad para imponer la política.

Hubo un tiempo en el que el Partido Popular hizo creer a machamartillo que estaba a salvo de cualquier pecado relacionado con la corrupción. Esto ya se diluyó en el “todos son iguales”. Lo que se juega el Partido Popular el día siguiente al 20-N es prolongar o acabar dramáticamente con la creencia de que puede resucitar la economía del conjunto del país con fórmulas originales, todavía no ensayadas por la falta de atrevimiento que, visto lo visto en el debate de anoche, sí tendrá el Rajoy presidente a diferencia de Sarkozy en Francia, Merkel en Alemania, Cameron en Reino Unido o, para que no sean todos de corte estrictamente conservador, Obama en EEUU.

Mientras tantos, seguimos con salud.

Enciendes la tele y ves a un Rubalcaba que no aspira a gobernar y que evidencia que lo suyo es ser un eficaz número dos, dispuesto a lo que ordene su jefe, incluyendo aprenderse el programa electoral del rival. O que, a falta del don del liderazgo, Rajoy merece la resignada aceptación de los suyos, lo que el 20 de noviembre le dará una holgada victoria gracias a la incomparecencia masiva de los votantes de su rival más directo.

 

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