Feliz ensimismamiento

15 Ago

[Publicado en La RADIO de papel, julio]

Viendo por internet el resultado del segundo certamen de pintura rápida en Lora del Río me acordé de ese rasgo tan citado en el venerado Edward Hopper, que expone estos días en el Museo Thyssen de Madrid sus imágenes de mujeres en hoteles, de arquitecturas cotidianas o de momentos frugales de la vida de la clase media americana captados a través de una ventana, elogiados por público y crítica por ser cuadros fotogénicos. El certamen llevó a Lora a pintores que no residen en este pueblo y uno casi tiene la tentación de agradecer que aporten una visión de las calles que nos son tan comunes desprovistas del ruido y el furor que acompaña a la actualidad política y económica.

Cuadro de Juan Manuel Santaella, ganador del II Concurso de Pintura Rápida Villa de Lora

De pronto uno descubre en las pinceladas los rincones que pertenecen a su infancia, y éstos se revelan con una pureza y una ausencia de aditivos que permiten que la luz de mayo tenga un protagonismo casi cegador, como ese instante retratado en la Plaza del Ayuntamiento, con su histórica fachada y su balconada en la que ondean las banderas que atestiguan el rasgo institucional del edificio; pero, sobre todo, con ese amarillo deslumbrante de la línea continúa del bordillo que gana en intensidad conforme se acerca hacia donde el pintor nos invita a mirar, yo diría que a resguardo bajo la sombra de un naranjo, mientras vemos caminar a un hombre con pantalón corto y una bolsa en su brazo derecho.

La pintura, como el cine o la novela, es un arte del tiempo y no sólo del espacio. Tiempo inmóvil que vibra, que fluye. Quizás la pintura de Hopper es tan querida porque consigue esa maestría desprovista de fuegos artificiales a la hora de retratar un instante de feliz ensimismamiento. Algo de esto se puede percibir en ese otro cuadro que concursó en el certamen loreño y en el que aparecen unos vecinos apaciblemente sentados en una mesa jugando al dominó. Los críticos destacan que la intensa dimensión moral de la pintura de Hopper proviene del efecto que causa la ciudad sobre la soledad del individuo, y se cita mucho su visión puritana de la realidad, en la que el ruido y el furor no aparecen como tal sino subordinados a las consecuencias psicológicas que producen sobre el ciudadano. Me pregunto si algo de esto puede proyectarse de las pinceladas rápidas en las que se ve las galerías del Mercado de Abastos desiertas. Dicen que no recurrimos a la pintura o a la literatura o al cine para evadirnos de la realidad (aunque esto sea tan necesario) sino para interrogarnos sobre nosotros mismos y, quién sabe, con el deseo casi secreto de que esa reflexión pueda incitar a la mejora social. Hay una cita de Chesterton que he leído hace poco y que resume esta idea: lo que hace que sean verdad los cuentos de hadas no es que nos digan que los dragones existen, sino que los dragones pueden ser vencidos.

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