No me gusta

26 Sep

No me gusta que se convoque a los ciudadanos para “ocupar” o “rodear” el Congreso de los Diputados, sede de la soberanía popular. No me gusta que miembros del Gobierno se aficionen a la sinécdoque de rebajar a la categoría de violentos a esos cientos de miles de ciudadanos que protestan contra una clase política y económica que consideran, con razón, parte del problema de la actual crisis. No me gusta que, por lo anterior, algunos piensen que esto se puede solucionar al margen de la política; sí, de la política, aunque sea evidente que la clase política actual es bastante mediocre. No me gusta que siempre haya grupos de energúmenos, de la parte de los manifestantes o, lamentablemente, dentro del dispositivo policial, que aprovechen la confusión de la masa bien para provocar, bien para buscar la mínima provocación. No me gustan las unanimidades, las grandes masas, que se quiera ver un plus de razón en el hecho de que “somos muchos en la calle”, y me da igual que hablemos del 25-S o del 15-M, así como de las manifestaciones por la independencia de Cataluña o las del Sindicato Andaluz de Trabajadores o las de la Iglesia contra el aborto: no se tiene más razón por una cuestión de números, sino de argumentos. No me gusta que, por lo anterior, se quiera ver que son esas mayorías unánimes las que representan la voz del pueblo, anulando cualquier posibilidad de matiz o crítica, de disidencia. No me gusta que las autoridades, como la Delegación del Gobierno en Madrid, se dediquen a extender rumores sobre ultraderechistas, ultraizquierdistas o antisistemas. No me gusta el afán del Gobierno de inmediatamente situar fuera de la ley o de la Constitución a todo aquel que defienda un cambio del sistema, sea para acabar con el clientelismo y las corruptelas políticas o los privilegios de ciertas castas empresariales (los bancos, por ejemplo) o sea para estudiar una mejora de las estructuras del Estado desde el federalismo u otras vías. No me gusta que la única reforma de la Constitución posible haya sido la que se aprobó, previo acuerdo del Gobierno socialista de Zapatero y el PP de Rajoy, para fijar un tope de gasto público de las administraciones, contentando así las exigencias de esa Europa encorsetada por la Alemania de Merkel: la prioridad es reducir el déficit aunque sea a costa de empobrecer a todos los ciudadanos hasta un punto que no tenga retorno. No me gusta que nuestros políticos se den una prisa inusitada para que el Código Penal tipifique nuevos delitos que extiendan las zonas de exclusión ciudadana, que sea tan inevitable el deterioro de la calidad de la educación, con cientos de niños acudiendo a la escuela con sus tarteras de comida porque, dicen nuestros mandatarios, para esto “no hay dinero”. No me gusta que sí haya dinero a espuertas para salvar al sistema financiero que tanto protagonismo tuvo en el origen de esta crisis porque, dicen esos mismos mandatarios, de otra forma se pondría en peligro el sistema. No me gusta que se jalee la “lucha” contra el sistema a base de tirar piedras a la Policía ni romper cristales de las marquesinas de los autobuses, igual que no me gusta que se jalee y se autorice la violencia extrema, casi ciega, de policías uniformados (y otros sin uniformes, de incógnito) que llegaron a entrar en las estaciones de trenes disparando pelotas de goma cuando allí había manifestantes mezclados con usuarios habituales del transporte público. No me gusta que pensemos que la única culpa la tienen los políticos, Zapatero o Rajoy, como si no fuera verdad que hubo una gran mayoría de ciudadanos que se contagió del “milagro español” y que se endeudó, vivienda en propiedad de por medio, como si no hubiera un mañana. No me gusta que hagamos nuestras esas consignas tan superfluas como considerar que España no es una democracia.

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6 comentarios to “No me gusta”

  1. Jose luis Alcaide Aparcero 29 septiembre 2012 a 12:27 #

    Muy buen comentario Luis, comparto ese punto de vista que tienes de la situación del país.No es solo culpa del gobierno, pero sí tiene la mayoría de culpa, porque el que pone las reglas de juego somete a los demás a cumplirlas.Estamos viendo quienes han sido los más beneficiados y beneficiándose y lo que me parece inmoral es que intenten sacar las deficiencias del sistema a la parte más numerosa pero menos pudiente, hasta el punto de una asfixia total. Un saludo.

    • Luis M. Carrasco Navarro 29 septiembre 2012 a 12:59 #

      Gracias, José Luis. Es verdad que (como advierten muchos analistas) gran parte del problema del país es que amoldó sus ingresos a unas condiciones de crecimiento económico absolutamente irreales, al calor de la burbuja del ladrillo. Hubo entonces mucho discurso de que la felicidad estaba garantiza, incluso bajando impuestos. A falta de una reforma fiscal progresiva y de un cambio estructural del Estado (es decir, es cuestión de voluntad política), el problema ahora es todavía de una complejidad mayor porque ayuntamientos y otras instancias muy cercanas a las necesidades del ciudadano vivieron de esos impuestos/ingresos obtenidos de operaciones ligadas a la compra-venta de viviendas. Eso se ha caído por completo. Y la alternativa hasta ahora está siendo muy torpe, como querer apagar un incendio con más gasolina. Como no tengo ingresos, aumenta la deuda, recorto en partidas imprescindibles (sanidad, educación, etc.), se contrae el gasto, aumenta el paro, aumenta el coste del desempleo, y así en una rueda que nos lleva al precipicio… Esperemos que no. Un saludo!

  2. Karine 27 septiembre 2012 a 3:23 #

    I am so happy to read this. This is the type of manual that needs to be given and not the accidental misinformation that’s at the other blogs. Appreciate your sharing this best doc.

    • Luis M. Carrasco Navarro 29 septiembre 2012 a 12:59 #

      Thanks!

  3. arantxa freire (@arafrei) 26 septiembre 2012 a 14:13 #

    Muy bueno Luis. Me encantan los argumentos no maniqueos ¡Tu si que me gustas! 😉

    • Luis M. Carrasco Navarro 29 septiembre 2012 a 13:00 #

      Un beso, Arantxuuuu!!!! jejeje

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